Etiqueta: emociones

  • La herida vestida

    La herida vestida

    No sé, me apetece no hacer ni tampoco ser nada. Convertirme en la tabula rasa que quizás arrasa. ¿O no? ¿Voy a ras del suelo o del cielo? Tantos títulos pendientes… me esperan, se esconden, se ocultan entre sus recovecos, huecos y huesos. Quieren…, algunos quieren salir, resurgir y, tal vez, fluir al vaivén de mis manos, mientras los voy acariciando. De repente, como si saliese el sol, cuando en realidad hay un cielo muy enturbiado y a punto de estallar, quiero decir, como si de un milagro fuese… Nada, me voy y observo a la gente, que analizo mi vida y, después quedarme tan inerte, vuelvo aquí, y me vuelco en describir y en definir, y también en concluir. Entonces, recojo casi todas las semillas de mi huerto interior ya florecido y me percato de un solo inciso: que me he editado tantas veces que ahora solo queda quererme. Que, ahora, sencillamente, me ubico en este, en mi apreciado presente. Me quiero quedar, esta vez, sin tanto funeral. Estoy amando aquel sentimiento tan mortal, parecido a algo brutalmente letal, pero el pellizco, el de mi ser enfermo (en un pasado muy inquieto) lo alcanzo otra vez, y esta, para dejar de convivir con una alta presión que me amarga, que delata mi mirada. Así que nada, que me he transformado en un cuadro ya algo pintado. Si me permites, querida, déjale paso a la herida, que va a bailar bien vestida.

  • Descríbete, y verás

    Descríbete, y verás

    Escribe, escribe… ¿Pero de qué? Estoy cansada de sacar información de mi cabeza como si nada sucediera, cuando todo se acelera, en mitad de la curva de aquella carretera, donde una desconoce completamente cómo decirse Nena, frena. Y yo me cuestiono… ¿Para qué? Si lo que una quiere es matarse en mitad del cuento o del acto o del verbo ya lanzado. Del Te quiero enganchado en un corazón que danza medio moribundo, y bastante asustado y, aún así, el flechazo va tan directo al pecho, que ya está sangrando.

    Estaré, esta vez, ¿personificándome en ella? En la metáfora que todavía danza, y se esconde acojonada. Quería, quería, saciarse y hundirse en el sentimiento… Aunque la subordinada sale escopeteada y, de golpe, se da el portazo a raíz del balazo. Ahora va de cara y resulta que se le han caído todas las comas. Los puntos han decidido colocarse, y colgarse también y, entonces, abundan las yuxtapuestas, que se ponen, pero del revés. A ver si así… un, dos, tres… ¿Y qué?

    ¿Qué tipo de texto es este? Porque está tan out of the context, que ya me da igual, aunque me importa, un poco, la caracterización inexacta del hombre que representa que estaba conociendo. O, mejor escrito, que estoy conociendo en este presente, en este gerundio casi sempiterno. Quizás todo es un desconocimiento interno.

    Sólo quería “bloguear” y, al final, las palabras se han disparado solas, saliendo a escopetazos y a escupitajos desde mi ser interno. Parecía, otra vez, que ya estaba floreciendo. De verdad, y sinceramente, el jardín dio algunos de sus frutos, unos cuantos. Y, como si nada, se me salen las estrellas por las orejas. Deberé encajarlo en otro tema, digo, y luego, pienso.

    ¿De qué servirá tanto esquema? Si al final lo acabo rompiendo tanto que culmina descompuesto, como la dueña de detrás de esta maldita ilusión. Parece que vamos al son de la emoción, pero no, no. ¿Pero quiénes? ¿Tú, yo, nosotros, el reflejo del espejo o la maldita sombra? Será la maldición entera: está marchita, la ensombrecida.

  • ¿Son margaritas ya florecidas?

    ¿Son margaritas ya florecidas?

    Necesito espacio vital, porque parece que mi corazón va a estallar. Es tan mortal ese desamor que emana de mi ser interior. Me quiero, me quiero desubicar, y voy y me pierdo sin más, como si fuese posible, como si fuese real. Lo surrealista aquí es que la vida, o la muerte, se me carcome las heridas en un in crescendo brutal. ¿Pero no estaban ya cicatrizados los huecos? ¿Qué huecos, Anna? Deja de enumerarlos, y de ir denominándolos. Quizás, quizás así desaparezcan, se esfumen, partiendo por aquella cuerda floja que afloja. Ahora, desde mi piel más sincera, de debajo de mis pestañas nace aquella lágrima interna. ¿Me explico? La que apesta y aprieta. Luego, cierto, surgirán las florecillas. ¿Serán margaritas? Mis costillas asfixian, aunque, bueno, podemos vernos, echarnos unas copas para, después, brindarle a la vida. ¿O era brindarte a ti, mi vida? O, sencillamente, consistía en echarme hacia delante: en quitar el freno y plasmar el verbo sempiterno, el del que te estoy queriendo en estos tiempos, en varios de mis tempos y, probablemente, en más de la mitad de mis cuentos, porque vaya, mi existencia se asemeja a un tipo de alegría eterna. No, no le pongas las comillas. Sí, suéltate, desmelénate. ¿Por qué no? Sácate, de debajo del alma, los dos otros puntos restantes. Añádelos al que, a priori, era un punto final. Sí, agrégale al solitario, que se sienta acompañado, que, bueno, el epílogo ya llegará.

  • El arte del sastre

    El arte del sastre

    Soy tan desastre siendo, así, un sastre, supongo que el de las palabras mal conjugadas. ¿Pero de qué me hablas, Anna? Si desconozco cómo colocarlas y también cómo ir conjugándolas. Será el conjuro o la magia. Aquella brujería del cual todo el mundo habla, pero ni un ser vivo es capaz de experimentar, ya que, bueno, el enamoramiento es mortal. Beberse el hechizo provoca, sin querer, aquello más letal. Lo que pasa es que me pongo en el más allá a escuchar, entonces, por puro placer, no lo sé, me muero otra vez. También me muevo, y me recoloco en un, dos y… Vuelvo a ver. ¿El qué? Perdóname este maldito café, pero te quiero ver aquí conmigo y la fe, y la poderosa E. Ya casi serán las tres: subo las escaleras de mi mente perversa, las subo saltando de tres en tres, como si la cosa, la aceleración, que va cada vez más in crescendo…, como si el arrancar a bocajarro no fuera mi forma de ser, pero sí es. Es que, lo siento por el pretexto, y no el texto…, la vida va que vuela y, yo, absurda de mí, la quiero contigo, y yo, por estar bien loca, te quiero, ya, aquí.

  • Estallando paz

    Estallando paz

    Estamos a martes, quiero decir, somos martes: nos lo pintamos, cocinamos y, luego, pues nos lo comemos. Vamos, todos, ahuecados. ¿O la palabra correcta era ‘adueñados’? ¿Pero de qué o de quién? Tantos textos de los cuales abundan sus fachadas grisáceas y largas… se me van cayendo todas las pestañas. Acurrúcamelas, y estas y las otras, y baja las persianas: que se encierre, y encienda, el sol en nuestras almas. ¿Y ahora por qué escribo sobre comedias y dramas? ¿Qué tipo de miseria abunda en ella? Desdibújame entera, quítame la desesperanza que a veces viene, se queda y avanza, pero, oye, no, no te vayas. El día, bueno, parece muy largo aún así yendo errada, porque en un cerrar y abrir los ojos, pues culmina, sí, en la cumbre de la colina. Acércame esta, y aquella…, convénceme. ¿No? Así, con acciones y besos por toda mi cara mientras se sonroja porque se los has plantado. Entonces…, entenderé varias cosas, sustancias reales: que me admiras, me cuidas y me mimas. Que por eso haces asomar la alegría a la comisura de mis labios. Porque me estás queriendo y como si fuese todo un breve milagro, yo también lo hago, yo también, y sin querer porque te quiero y me quires, lo hago. Porque lo irreal, lo mágico, ha estallado. ¿Eres tú ese brujo tan mago? Serás el que hará la magia, con esa paciencia que te caracteriza, porque, bueno, vamos construyendo, entre el vienes, el voy y el estamos fluyendo. Qué brutal. ¿Verdad? Qué brutal fe, que se sostiene sola, como la luna en aquel cielo de ayer tan azul, porque ya se quiere, porque aún estando y siendo solitaria, en este ahora se encuentra acompañada y vaya, qué perfecta e intensa y magnífica y surrealista burbuja escurridiza: va asustadiza, pero bien enamoradiza, la pillina. Hasta las trancas, sí, de su corazón extraño que parecía ahogado, algo muy arrugado, y sagrado, pero que se ha ensanchado por tener un paz increíblemente inusual dentro, y todo por él.

  • El amor no es una ciencia

    El amor no es una ciencia

    Se me están acumulando los recuerdos y los verbos conjugándose contigo, también. Vaya vaivén, pero quédate, y ven. Me observas, me cuidas. Será que me aprecias, que me admiras. ¿Será que de verdad me quieres? Tantas inseguridades se pasean por mi mente, ya demente. Son las dudas, que me escuecen y no les apetece si quiera detenerse ni tampoco pausarse. Pero tú, tú, estás aquí presente. Tengo un poco de vértigo en la punta de mis dedos. Mi corazón, juguetón, se acelera solo con pensarte. Imagínate con el simple hechizo de verte. ¿Estaré enamorada? ¿Iré ilusionada? Quizás es sonámbulismo crónico, ese que se inquieta de forma constante y contundente. Potente va ese sentimiento tan indiscreto que yo me quedo, que ya me he quedado entre tus varios acentos, los que te caracterizan por ser distinto por dentro. ¿Pero en qué momento apareciste? ¿De qué modales te pintas? Quiero conocerte, quiero entenderte, aunque eso signifique perderse más, o plantarse para a posteriori petrificarse, y ausentarse. Que no hay que mostrar tu debilidad, que no me vas a traicionar. Demuéstramelo, por favor, a ciencia exacta y muy cierta. El amor es una sensación inexacta e imprecisa, y demasiado destructible, pues se me quiebra cada dos por tres. Quédate, y aliméntame como si no hubiera un mañana, porque regresaré en el ayer añorándote. Tócame las pestañas, han dejado de estar húmedas. Ahora mi corazón parece que florece. ¿Será que ya se agradece?

  • Las presentes pestañas

    Las presentes pestañas

    Estoy en blanco, así que voy a leerme, a describirme con una abundancia de escasez de palabras, que rajan, que salen, que acuchillan y, luego, bueno, estallan como cualquier escoba mal puesta. Estoy, quiero decir, voy descolorada, desubicada, distorsionada, pues se me solapan las miradas, y las heridas mal curadas, mal cicatrizadas. Es que duelen, y escuecen un poco. Solo un poco y, vaya, qué rollo. ¿No? Coquetéame esta: me apetece ir a la biblioteca, necesito de aquella. Dependo de ella como del aire para respirar. Sobrevivo, y qué ganas. ¿Eh? ¿De qué? Si es que se me solapan las palabras, las ganas y las sonrisas. Ocúltame aquella milagrosa brujería, porque está muy ansiosa por salir escopeteada, así, disparada, y mojarme entera y, al fin, quedarme, yo, bien, bien contenta. Ciérrame la ventana, rómpeme el espejo, el viejo, y ofréceme un mar entero que, quizás, te concedo el Sí en este vaivén tan presente del amor porque el mar va y se quiere quedar. Eso de la magia…, se marcha sobrevalorada. ¿O era que se aleja a rebosar de soberbia y de superficialidad? Ahora que lo pienso. ¿Qué era un superlativo? ¿El verbo ya se ha conjugado o sigue incordiando? Pues yo me quiero quedar. Es que me apetece. ¿Y qué más? Dame gloria, dame paz, dame eso. Mucho más, pues ya no quiero desacelerar. Una vez que arranco, la niña, ya convertida en señorita, no piensa, ni por un segundo, parar. Si es necesario, arráncale las coletillas restantes, las espinillas que raspan, que hacen cosquillas. En definitiva, déjate ser ella misma, si aún le queda todavía la vía para provocar que la aorta estalle de una vez por todas. Apetece que se lleve, la toalla, de picardía, y que no se tire. Si tú puedes, nena, si tú quieres, explícame esta. A mí, sí, nárrame la acción de ser presencia, de la permanencia de una fe casi inédita. De la definición de la menos imperceptible, del irse pero ipso facto, en un pis-pás, en el acto. La metamorfosis acaba de empezar. Me siento fuera de esa sensación indiscutible, la observo y, luego, me como su pescuezo para culminar discutiendo, y también debatiendo, entre si sí o si tal vez no. Es innecesario que me beses las pestañas: están sonrojadas y sonrientes. Mételes caña.

  • Proceso creativo de “¿Te puedo escribir algo?”

    Proceso creativo de “¿Te puedo escribir algo?”

    “¿Te puedo escribir algo?”, nació de una etapa de mi vida que, aunque actualmente la tengo ya un poco borrosa, cuando releo algún poema, soy consciente que fue una época muy dolorosa, pues solo hacía que arrastrarme por el suelo. No había forma ni tampoco manera de ascender, de ir hacia arriba. Todo estaba oscuro, era un agujero negro, emocionalmente hablando, claro.

    Así que, sencillamente, porque es muy fácil caer, fui descendiendo, y ahuecándome todavía más en mi vacío, como si aquello fuese posible, como si fuese real, y lo fue. Y tanto si lo fue. Entonces, sin querer, me adueñé de mi ser interno, que estaba frágil y roto, que se convirtió en algo hecho añicos. Desconzco, y tampoco quiero indagar, de quién fue la culpa, aunque normalmente es del contexto, del entorno donde uno se va moviendo.

    Si describo en breves palabras de qué trata la trama de estos poemas de prosa poética, puedo definir que es una ruptura emocional muy fuerte con una misma y, consecuentemente, con otra persona. Por tanto, el hilo conductor es el inicio de una relación con alguien, de cómo la protagonista va decayendo, y de cómo va desvaneciéndose por completo y, al final, concluye, ella misma, que ya se quiere, aunque realmente, el camino más importante es justamente ese: el acto de quererse, pues es lo que le falta aún recorrer.

    En definitiva, son intentos de quererse, pero son chispazos tan breves y espaciados en el tiempo, que a la chiquilla le cuesta apreciar todos sus recovecos de su corazón roto desde hace ya varios daños.

  • Vida mía

    Vida mía

    A veces se me cortan las palabras como las metáforas que se deshacen o se hacen al son de las olas coléricas que se van chocando entre ellas. Vaya vaivén, vaya ir y venir tan hermosamente roto. La vida, quiero decir, la mía, está al punto de sal, y es tan bonito que me rompo y me caigo y me vuelco una y otra vez, aunque estoy bien.