Hoy es un día de no hacer absolutamente nada. Voy cansada, estoy agotada. Me pica la pereza, abunda, resplandece por y para ella. Es uno de los domingos, de los que una se queda en el sofá leyendo Virginia Woolf o algún poema de Shakespeare. O leerme a mí mientras estallo al son de varios balazos que van sangrando después de dejar que se desvanezca mi ansiado corazón. Lo quiero arropar durante este vaivén, que pase la tormenta. Estoy tan deshecha. Metida en mi melancolía, se me peta el chispazo de alegría, revienta, se quiebra. Aunque mi enemiga, ella, se cuelga la fe de la oreja izquierda, y le soplaría hasta que saliesen las estrellas y le brindaría unos cuantos destellos de ellas, y de sencillez y un tempo sólido para darle poco al coco. La voz se me ahoga dentro de mi mísera razón, y la patata palpita con rapidez, así, yéndose borracha, dando la lata. Es tan veloz… y, yo, tan absurda e ingenua.
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Punto, ¿y seguido?
Es hora de colocar el punto y seguido, seguro que es más sencillo, o no. Con los intentos fallidos de dejar de quererte, cada vez me desvanezco más. Ahora suena una de las muchas canciones que hiciste sonar en tu coche. Sí, eres un todoterreno, pero te quiero lejos porque me dueles, me dueles y, entonces, concluyo, que eso no es amor sino otro tipo de color: el dolor, pero aquí zanjo la cicatriz. Ayer, cómo me mirabas, maldita sea tu mirada, que me corta la vena aorta, que me hiela la sangre entera. Creía ser eterna: soy más efímera que mi propia miseria. Así que si me permites, me elijo de entre todas mis raíces y me planto aquí, no sin antes desvivir mi proceso, mi duelo, mi sufrimiento. ¿Que te quiero? Demasiado, pero, despreocúpate, porque con ese «yo me arreglo», aún sin tener un tipo de celo ni pegamento ni tampoco una pizca de vitalidad, pues me construyo. Del desamor nacerá la rosa, dicen, ¿No? Pues yo narro plantando mi título marchito que soy yo, que siempre lo he sido. Permíteme dar el paso, que ya estoy arrancando del suelo los pétalos muertos. Crujen, crujían y crurjieron. Quizás se cruzan o se mezclen entre la hierba mala, y tanto que nos la acabamos tomando y terminamos, así, descosidos. O torcidos o agarrados de las manos, pero muy separados. Y el texto, es uno de carácter personal, uno de los que he escrito. A leguas se ve tu pescuezo y me quedo sencillamente con mis quehaceres, con los placeres de esa monotonía sempiterna, lo único que queda será esa pequiñísima semillita ya florecida, porque de la flor herida siempre vuelve a nacer, a crecer una más bonita.
Entre líneas y un poco de vida
Después de charlar de forma distendida e inusual conmigo, con el reflejo y perderme y encontrarme y verme cicatrizada, me visualizo, me acepto, me aprecio y me estoy queriendo. ¿Sabes qué? Que ¿Te puedo escribir algo? estará gratuito. Léeme y, quizás, te hundas un poco más. Fueron momentos intensos, llenos de suciedad, quiero decir, a rebosar de mierda y miseria que, fíjate tú, ya he salido de esta, o sea, de mí.
Continúa siendo complicadísimo resurgir entre la negrura espesa y mirarse de frente… estrellarse y convertirse en una estrella, bella. ¿En serio aún te crees destello?
Bueno, a posteriori del susceso, del muermo cayéndose al suelo, rompiéndose, pues sí, pero, oye, viniste aquí a ser feliz. Sencillamente, yo, me paso por aquí tarareando una de las muchas canciones que me dedicaste para recordarme que sigo más translúcida que cuerda que, aunque sagra el corazoncito, sucede para transmitirse a una misma, comunicarse desde dentro, que hay que seguir vívida y existir y quererse. Porque de heridas habrán siempre: ponte la sonrisa, alza la vista y desvístete por sonreír que te queda bien esa actitud, te sana, te cura el alma y la mirada, y además, inquieta a la tristeza, la que hace conjunto con todas tus facetas y que debería ir alejándose.
Asústala con tus carcajadas a pulmón abierto, a costillas sin tanto miedo. Vaya domingo, qué hermoso está acabando.
El enamoramiento
Enamorarse de la fe inédita, vaya absurdez, ¿No? Luego queda el recuerdo, aquella imagen, la de mi yo-poético roto. De mientras, los pedazos quebrantados en mis manos ensangrentadas. Mi corazón ha estallado porque tú le has disparado. O moría en vida o me vivía muerta y, al final, cuando apretaste los labios mirándome con la comisura de estos hacia arriba, la sonrisa pícara, y tus ojos chispeantes, brillantes, me sonrojaste. Qué barbaridad, qué brutalidad justo aquel momento, fugaz e instantáneo, en que nuestros deseos se fusionaron convirtiéndose en solo uno. Qué instante aquel en el que bailamos dentro de mi sueño, que se está descolgando, chocando con la pura, y dura, realidad. Ya se cayó, pero yo sigo en el vaivén de esa ilusión que se va balanceando, que se marcha galopando, también sanglotando. Y, entre herida, risa y cicatriz abierta donde abunda la melancolía, me pica la otra oreja por el secreto que llevo guardando desde hace año y medio entre mi garganta y mi pecho izquierdo. De hecho, levito en el suceso, arrastrándome en mi lecho, el del enamoramiento entero y eterno, y lato porque o peco o te beso y, a la vez, te pido otro de esos.
Mi mundo literario
Quiero morirme en mi propio mundo literario, dejar la realidad apartada, que se quede en el otro sillón, el del más allá, sentada. Tampoco me apetece que tú entres, pues siempre te cuelas entre mis pensamientos, en mi imaginación y desde un gran silencio. Eres tan sigiloso, que solo escucho tu latir al unísono del mío. ¿Ves? Ya saltaste hacia dentro. Mira que cerré las puertas, pero se me olvidó cerrar el hueco de mi ventana. Por eso, digo, y deseo con muchas ansias, y ganas, que te quedes o, por contra, que me eches de mis fantasías donde el protagonista eres tú.
Lo que me pasa es que me observa desde la lejanía, o una escasa cercanía, y con una intención inmensa se va introduciendo en mi corazón. Sus latidos son golpecitos de verdad y tanta, que profundizo en la única que cabe en mi mente. Y me ahogo y me parto y me divido. Tu mirada fugaz me quema, tu presencia provoca que me ardan las mejillas y que con tanta delicadeza y poca sutilidad, mis venas exploten diluviando ansiedad y, yo, al fin, estalle sin tanta dilación y perdición. Me niego, ¿O es que ya no sé cómo dejar de quererte? Quiero querer olvidarte, y el mismo olvido me acaricia de una forma tan hermosa que al final te apareces en mis sueños. ¿Cuántos deseos caben en nuestro amor? ¿Será algo mutuo? Solo quiero sentirlo, que nos armemos. Solo pienso en el beso, el del futuro, el que me plantarás en los labios después de confesarte que lo estoy intentando, eso de desenamorarme de ti, y que ya he desistido, colocando la bandera roja, y enrojecida me quedaré delante de ti, asustada, pero tú, tú, sencillamente me besarás y entonces todo florecerá: desde mi interior hasta nuestras lenguas, manos, piernas y almas. Porque… ¿Estaremos hechos el uno para el otro? Ya hice limonada con las medias naranjas. Luego me bebí el zumo y ahora estoy entera, como la luna, porque también brillo un poco solitaria. Aunque, si vinieses hacia mí, sería muchísimo más feliz.
¿Cómo se sentirá?
¿Qué será el amor? Será un cosquilleo en el estómago y un pellizco en el corazón. Darse tregua constantemente y estallar en una guerra entera de besos hasta reventar de risa, aquella de carcajada sincera. ¿Y cómo se sentirá? Deletréamelo con la mano en el pecho, a escopetazo limpio, a juego sensato, directo y real. La vida es bonita, supongo, si la miramos con nuestros ojos, desde un amor leal, hermoso y fiel, solo quiéreme bien.
¿Dejarse florecer o florecerme?
Porque cuando una se deja florecer, ¿Luego qué? ¿Qué de qué? Pues café y sumergirse en un breve latir diferente. Ir de frente, abrir las alas y sonreír porque sí. Cuando el otro día, precisamente ayer, alcé la mirada, vi algunas nubes de algodón en la entrada de mi corazón esperanzado, y esperando a que soplara con chispazos de ternura y vaivenes y de caricias, que estoy aquí latente, presente, queriéndome.
En la repisa de mis pulmones, que se ensanchan, de donde van naciendo flores ensangrentadas, pues ya no se quedan atragantadas ni arraigadas en mi pasado, spoiler: ha nacido un jardín rojizo, escasamente enfermizo, que parecía escurridizo, pero con sus tierras ya serenas, mucha tregua, pues todas las semillas fueron puestas. Y, con un redoble de tambores y dos parpadeos curiosos, ambos coras’ derramaron lo que quedaba de sangre espesa y disecada y negra y, al fin, se sanaron.
¿Qué sucedió, nena? Que el reflejo miró al espejo, o al revés, yo qué sé cómo fue, y se encariñó de una forma tan hermosa, poco rota, que se enamoró in crescendo de la otra yo: la metafóricamente poeta, de donde nace y surge como una seta, aunque paulatinamente, la escritora que fue inédita durante una época muy intensa, ahora extensa.
Y deja que me enrolle con mi futuro, sí, estoy a gusto, y me apetece galantearle, alabarle, jugar con él, hacerle el amor continuamente. Así voy, queriéndome.
Otra noche más, quizás
¿Me he quedado sin texto, sin contexto o sin sentimiento? La sensación ronda por mi corazón y, el hecho es que, bueno, ha muerto un trecho de mí o de mi ser o del reflejo de la sombra ennegrecida que cada noche se plasma mejor en el espejo. ¿Cómo definir o describirme? ¿Y la forma? ¿En qué se queda? ¿En la absurdez de lo abstracto o entre la multitud a rebosar de soledad? Así que, vuelo. Esta vez, o la otra, yo qué sabré, me estampé tan fuerte que me convertí en una mujer estrellada, llena de lunares y vacía de lugares, y con muchísimas tiritas. De las cicatrices ni me hables, déjalas allá, que quedan bonitas. Escúchame: oye, luego huye, aún así ve quedándote y si, por casualidad o causalidad, te permites arañarte la locura y prescindir de la cordura, descúbreme en otro instante, pues eres de las mías. Estoy narrando cómo serían las personas si fuesen personas (humanas), es decir, estoy aquí, yo, para descifrarte y confirmarte que yo soy una de estas. Quédate, sí, quédate si realmente quieres quedarte porque eliges y te escoges sin tanto revuelo, porque, ya lo sabes ¿verdad? Que todos viven de ilusiones y anhelos, pero la vida es tan jodida que te va matando de honestas, y sinceras, realidades.