La vida es un breve poema que se complica con el paso de los días hacia la muerte. ¿Y qué son esos días? ¿Cómo se suceden? La perspectiva, ¿Para qué? ¿De dónde viene? Deslumbra, y tanto, que ciega las almas bellas. Créeme, todos, tiramos o, mejor dicho, nos tiramos por los precipicios. Nos hemos suicidado ya varias veces. Quien diga lo contrario es un inculto de la literatura existencial o sino un ignorante que, sin saber, sufrió sin querer(se). Como las huidas, aquellos tubos de escape, las fugas, las fugas… Fugaz, y me comí las estrellas todas y cada una de ellas. Eran, fueron. Brillaron tan intensamente, ¿Sabes? Respóndeme: ¿La vida es un poema o no lo es? Pienso, quiero sentir, que sí. Se abre de un portazo la ventana. Un aire golpea tus alas. Y sin querer se cierra (para siempre). Así es el transcurso vital. Metáfora, para colmo, la primera que se te plantea solo al nacer: ¿Para qué he salido del agujero? Para entrar en otro. Luego el nudo, que lo llevas atado contínuamente en la garganta. Ha subido y ahí se ha quedado, levitando, para después escuchar un único y silencioso estallido. Es el grito final. El dolor ya ha cesado. ¿Entiendes la comparación vida-poema? Literalmente hablando, todo es metafórico. Estamos a rebosar de verdades. ¿Cuántas realidades existen?, preguntaría el loco. Ya te respondo yo querido: miles. A cinco pasos de distancia del poema, antes o después de introducirme en su dulce miseria, me percato de que solo sé escribir sintiendo. En fin, que la vida es un poema.
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Perder a una amiga
Perder a una amiga es como perderse a una misma. De aquella forma se sintió. Así se siente. Mirarse en el espejo y solo ver, y no observar, el reflejo sin percatarse de los matices. Saber que estás mal desde aquel día, ser consciente de lo enferma que te pusiste y de cómo sigues. Tener muy presente que decaíste, de que moriste chocando, tristemente, con el bucle infinito.
No sé para qué, bueno sí, para joderme, descubrí tu sentimiento. Lo que sentiste, y seguro que sigues sintiendo, hacia ella. Percibí, ya desganada, que te enamoraste perdidamente. Tú dijiste que era el principio de un enamoramiento, pero yo, después de leer a Mario Benedetti, tal y como dijo Don Rafael, cuando dices «creo que me estoy enamorando» es que ya lo hiciste hasta la llaga de tu -y mi- marchitado corazón. Fue jodido. Jodida estoy. Morí, muero y voy muriendo.
Nosotras en aquella cafetería: ella hablando, yo diciendo mucho con la mirada. Callándolas, las palabras, en suspiros, en intentos de argumentar. La mierda ya estaba echada. El suceso ya anduvo su curso. No hubo opción de cerrar la puerta pues el cerrojo estalló, rompiéndose. ¿Y sabes qué? De una vez por todas, nada estuvo de mi parte.
Me importa poco. Siempre he sido un zero a la izquierda. Prefiero florecer en mi soledad extraña, rota y malbaratada e ir haciendo malabares con mis sensaciones.
Entonces, apareció el momento. Parecía algo superfluo y al asemejarse tanto a la nada, esa «nada» se convirtió en otro de mis huecos oscuros. El más ennegrecido. Destacó. La oveja negra, le nombraron los otros agujeros. Porque pensé que lo había perdido todo. Reflexioné innumerables veces: estoy sangrando. He perdido tanto que me estoy recreando en los recovecos de mi misma. Y sé que acabaré, para volver a empezar, sonriendo sin hipocresías. Seré un océano cristalino. Mientras tanto, miento.
Y fin, de la incógnita.
Un poco de mi arte…
Actualmente he autopublicado ocho obras literarias, que las puedes encontrar en la sección Mis libros.
La noticia es que hoy he sacado, por fin, la tercera y última parte de la trilogía Aurora y me paso por aquí para puntualizar varios detalles respecto a esta historia.
En primer lugar, la trilogía Aurora se divide en tres partes: Café Frío, Otoño Nevado y Alma Gélida. La novela se puede interpretar de dos formas: como una historia simple de desgracias o como una serie de acontecimientos que unidos forman la desgracia principal. Sea analizada desde una perspectiva o de otra, me quedo con la segunda interpretación, pues es más profunda y ahonda en el mensaje que quiero transmitir: el vacío existencial y cómo sobrellevarlo hacia lo más profundo de un ser, en este caso, de la protagonista.
En segundo lugar, me centraré en cada parte. Preciso que en esta obra podría haber juntado cada breve historia en una sola, pero preferí dejar la esencia de cuando la escribí, que fue en mi adolescencia.
- Café Frío es el inicio de la desgracia de Aurora donde el conflicto se centra en el problema interno de la protagonista.
- En Otoño Nevado hay una dualidad entre realidad-ficción.
- Y, finalmente, en Alma Gélida se puede llegar a comprender a Aurora.
En tercer lugar, me cuestiono cuál fue mi objetivo con esta novela. Pues experimentar. Es decir, me inicié en este viaje cuando tenía quince años, el auge de las crisis existenciales. Lo único que necesitaba por aquellos tiempos era probar cómo sería escribir una novela de este calibre tan insignificante. Así que me lancé y ahí está el resultado.
En cuarto lugar, debo aclarar que voy a reescribir esta novela dividida en tres narraciones para unificarla en una sola, donde editaré, matizaré, borraré, corregiré, entre otras acciones, para darle un toque más profesional, pues cabe recordar que al publicarla la dejé tal y como la escribí cuando era más niña porque no quería que perdiera la esencia. Aunque también soy muy consciente que tiene errores de bulto, porque me dediqué a dejar plasmado el arte que saqué de mi ser interno en un pasado.
Y, finalmente, quiero decir que no estoy nada preocupada, al contrario, me gusta que el resultado final no sea del todo el final, porque, como dije, aún queda editarla otra vez. Debo destacar que la novela en tres partes, es decir, la actual, seguirá estando así, sin unificar, simultaneamente también estará la novela editada. Es decir, habrá los dos formatos.
En resumen, he hecho esta breve explicación para evitar confusión y para informar de que la trilogía ya está terminada, donde intento cerrar una etapa. ¡Así que ya la puedes leer!
(In)comunicando
Comunicar, comunicarse, comunicarme con mi ser interno. Siempre, mediante las palabras, a través de la escritura creativa. ¿Llega el mensaje? Mi mensaje, quiero decir, la señal. ¿Cuál? Está ahí parpadeando. La chispa fundiéndose. ¿Sabes qué? Que hace tiempo atrás, días quizás, me comí las heridas, muriendo en los parques. Los sucesos se han deshecho enteros.
Volviendo, regreso al viento que es de otro color, otro tiempo. Matices y cicatrices. Quiéreme. Y quiero, cuando me observo en el espejo, no querer sino quererme. Y punto, y seguido. O puntos suspensivos. Pasa, ¿Sabes? Pasa mucho que la vida se pasa de moda. Y yo soy una chatarra antigua. Soy chiquilla chamuscada, atrasada, como de las épocas viejas. Soy la ambigüedad personificada. La rotura al borde del corazón. Descosida voy, e incomunicada conmigo, pues sucede que sigo sin saber quien soy. A veces me digo que escribo y yo al escribirme me convierto en escritora. Un instante, dos. Hay tantas facetas como días distintos. Vaya desconcierto.
Y cuestiono, así, en el aire: ¿ Te comunicas? Yo lo estoy haciendo. ¿El problema? Que soy arma y víctima, que hay un muro alto y espeso entre el yo y mi yo-poético. Entre alma y espejo. Cierto reflejo, me hablas, pero hay interferencias. Las pongo yo, quemándome, rompiendo el juego comunicativo. Quebrando el hilo telefónico, mordiendo el verbo, haciéndome la sorda.
En realidad oigo, pero no me escucho. Comunicarse con uno mismo, ¿Eso qué es? ¿Se siente?
Hola, ¿Hay alguien ahí?
Sí, y me paso por aquí para comunicarte que a raíz de que hace tres días se me murió la batería del móvil, he abierto esta sección, que puede ser muy interesante.
Estoy casi incomunicada, sí. Están siendo unos días de aprender a vivir sin redes sociales y sin música. Sobrevivo, de momento.
Nada, comentarte que esto va a ser un poco de feedback entre tú y yo, entre lector/a y escritora. La verdad es que se me acaba de ocurrir ahora. Mi idea es ir publicando, eso sí, de cara a los domingos. Así que si quieres saber un poco más de mi vida personal… Ya sabes.
Volviendo al tema, no, no hay nadie. Bueno, sí, solo estoy yo conmigo, pero está yendo bien, supongo. Escribo, ahora, aquí, para contentarme un poco y sacar el dolor y sanar las heridas que ya van cicatrizando.
Me estoy haciendo a la idea de que la idea ya no es una idea, una ilusión dentro de una burbuja, sino que es la realidad.
¿Qué es lo que más odias que te pregunten? Explica por qué.
Odio que me pregunten cómo estoy, porque siempre mi respuesta será «Bien» aunque esté muriéndome por dentro. Es triste, pero es mi realidad. No sé, imagínate que estás intentando desconectar, sentada en una cafetería mientras lees lo que sea que te apetezca leer y, de repente, aparece tu amiga y te cuestiona cómo estás. Has tenido no un día sino un mes de mierda, ¿Crees que lo que te aptece es contar qué te sucede y porqué?
Lo último que quiero es martirizarme más. No quiero relamerme las heridas abiertas, no quiero indagar en mi ser, no quiero morir otra vez, no quiero tener que expresar, no quiero sacar todo lo que me hunde y me hace mal. No quiero porque me doy asco por dentro. Porque le tengo miedo a mis miedos, a mis defectos.
Si eso, ya lo escribiré. Porque soy así. Cuando estoy triste, escribo. Y si leo aquello narrado, aquel sentimiento que bombardea dentro, será por casualidad. Aquel acto regular, tan común, quizás, lo cotidiano de una escritora, lo habitual, en mi caso, nunca lo es.
Soy rara, soy única, soy la excepción. Me salgo de la norma, de la etiqueta «normal». Lo sé. Y ya lo asumí. Sí, lo acabo de asumir hace treinta segundos atrás. De hecho, lo vuelvo a asumir. Justo ahora soy consciente de que no soy, de que vivo muerta, de que seguirá siendo así y de que volveré a toparme con la tristeza muchísimas veces más. No soy consciente de que soy consciente y, aún así, vivo consciente.
Así que, bueno, si te preguntabas qué me sucede, pues te lo digo ahora. Me pasa de todo. Cualquier suceso o sentimiento que puedas imaginar, incluso llegar a experimentar, eso me pasa. Y pasa que el día y la vida y el mes y el año se pasa. Y pasan tanto y tan rápido que ya he muerto otra vez.
¿Comprendes? El eco de mis palabras que provienen de mi interior van resonando. A veces, esas palabras que, al final, acaban siendo acciones, tocan canciones graves y tristes, agudas y amargas, breves y alegres. La mayoría son llenas de melancolía. Regresando al pasado, del recuerdo, soy la nostalgia personificada. Si vivo en gerundio es porque me obligo a ser el presente andante.
¿Por qué ese vacío?
Siento que debo llenar un hueco cuando, realmente, la vida consiste en romperse las rodillas y dejar que sangra el corazón para después apreciar la oscuridad y, a la vez, la felicidad. Entender, mientras enciendes la llama de tu ser, que florecer también es ir marchitándote, muriéndote. De ahí nace el arte de ser uno mismo. De la esencia viene el dolor. Creo y deseo en lugar de crear y hacer ¿Por qué me sucede esto? Esa cosa extraña tan existencial… A veces siento que me falta amor (propio) y que se me descuelga el corazón. Y, justo ahora, a cinco minutos para salir de casa, con el café recién hecho, voy tarde. Como cada día que pasa. Voy tarde a la vida, al acto, a la palabra y al verbo en gerundio.
No sé, ¿Tú qué sientes? ¿Piensas? ¿O solo existes?
Hacía tiempo que no me analizaba haciendo una crítica constructiva, o destructiva. Intento evitar lo oculto, lo amargo.
Y tú, ser humano, ¿Para qué estás vacío?
Cuestión interesante, te la responderé algún día. ¿Para qué estamos vacíos? ¿En qué momento se nos ha pasado por el corazón ahuecarrnos maś de lo que ya somos? Tenemos tan poco… Desde la niñez y durante la adolescencia rompemos la relación con nosotros mismos. Aquel lazo que es invisible porque jamaś estuvo y tampoco estará.
Lo que deberíamos romper es con los esteorotipos. De esas etiquetas, enganchadas en la frente como si nada, naace la diferencia. Y cada vez nos aislamos más, pues es raro ¿No? Eso, quiero decir, el acto de sentir océanos coléricos.
Déjame decirte, los atardeceres habitan en ti, eres uno de aquellos que brillan. Eres luz. Créemos encontrarnos. ¿Sabes qué? Que estamos, ahí, palpitando, y tan perdidos. Solo consiste en sonreírse cada mañana delante del espejo. Tu reflejo te está hablando. Quiérele, quiérete. Así, ya sea roto, vacío o ahogado en un sielncioso llanto. Ámale, ámate.
Me fui por las ramas del sentir, cierto. Solo quería responder ¿Para qué estás vacío? Pues respóndete tu mismo.
¿Somos humanos? ¿Qué somos?
¿O somos traidores de almas? ¿Quiénes somos realmente?
Seguramente aquellos seres expertos en ir destruyendo mentes, y corazones. Es nuestro arte innato ir rompiendo, ir deshaciendo, y así sin parar. Para, bueno, seguir desencajando las piezas de otros (también seres humanos, o no) y las de nosotros mismos. Es lo único que sabemos hacer: sentirnos extrañamente cómodos en el desastre, en el caos e ir saltando de estallido en estallido. Odiamos, y mucho.
¿Por qué odiamos? ¿Para qué? ¿De dónde nace ese odio tan inmenso?
Por mala suerte, surge de nuestro ser interno, de aquello que no aceptamos, del acto de desamarnos, del hecho de no querernos.
A causa de los latidos que jamás palpitaron, que no brillaron, de esa llama ya apagada nace nuestro llanto -silencioso o desgarrador-.
Y es muy desolador, ¿No? ¿Porque no aprenrdemos a observar, a escuchar, a aceptar y a brillar con otros en vez de contra ellos? Al final, amamos porque aceptamos tal y como son los ajenos y porque nos estamos apreciando, es decir, queremos nuestro arte, nuestro dolor, así, en su espléndida esencia.
Ojalá dejar de ser pobre de corazón. Carecemos de amor, es verdad, ¿Pero por qué no intentamos accionarnos desde el cariño, desde el aprecio?
Sacar la depresión que está incrustrada, enganchada, e ir brindando amaneceres. Así el mundo sería un lugar más bonito, aunque sigan habitando desgracias. Así los humanos seríamos más humanos y menos autómatas.
¿Cuál es el trabajo de tus sueños?
El trabajo de mis sueños es poder vivir de la escritura. Mi deseo sempiterno es seguir escribiendo y leyendo sin detenerme hasta mi muerte real, porque, de morir, he muerto unas cuantas veces. También he latido sosteniéndome a un vacío hueco y he bailado de su brazo, hundiéndome y saliendo a la superfície de sus jodidos altibajos, de sus quehaceres cotidianos, llenos de roturas, de cicatrices y de heridas que van sangrando de vez en cuando. Entre las nubes y las ramas, que son raíces, a ras del suelo. Y dime, ¿Qué sería de aquel ser humano que todavía vive por vivir, por amor al arte de andar? Créeme, todos nos hemos suicidado en vida más de dos veces. Y, aún así, mi sueño sigue brillando entre un océano colérico, oscuro y lleno de suciedad. Le dicen pulcritud o, quizás, es aquel latido tan sutil que, hasta que la mente no hace un «click», un cambio de chip, se queda ahí, entre la boca del cielo y del infierno, derramando lágrimas sacas. Pero yo he venido aquí a narrar el trabajo de mis sueños y la realidad está superando la telenovela montada en mi cabeza loca, llena de barbaridades, de desilusiones paranoicas. Porque la ficción es que mi corazón sigue latiendo a mil por hora cada vez que una idea cabalga en mí para luego convertirse en letra, en palabra y en verbo. Para, en definitiva, ser acción, ser un estallido y la singularidad personificada. Denominándose, así, el término, como el arte de la creación. Ven, quédate y ama mi caos.