Oscureciéndome voy, después de que nazca otro anochecer, que seguirá siendo el mismo atardecer. Un cuadro grisáceo, con algunas manchas ennegrecidas, podría haberlo coloreado. Preferí que se quedara en un estancamiento mental y, que, en vez de volar al espacio estelar común, se quedara enganchado con mi agonía. La ironía arrasa, ¿Será que voy perdida o dolida? Mi risa estalla de tanta semilla que aún le falta nacer, crecer y florecer. Me apetecía arder, y vaya si ardí, tanto que, bueno, he vuelto a sonreír en ese bonito latir. El «pero» es que en ese viaje voy a sufrir, no porque sí, sino por ser así.
Categoría: Escritos

¿Será real?
Resulta que no sé escribir ni definir ni tampoco vivir. Lo único que hago es huir de ti, de mi faceta que parece atreverse cada vez más a moverse, a surfear por otros, y nuevos y fugaces lugares. Desabróchame la cobardía, llévame a saltar, a volar, que me gusta esa sonrisita inesperada que se asoma de golpe en mi carita de niña tonta, y muy ilusionada estoy volviendo a sentir. ¿El qué? Ni yo lo sé, porque te soplaré un «Yo no sé qué es el amor, y por tanto, no me enamoro». A lo que tú me mirarás con tu atrevimiento que te caracteriza, alargarás tu mano y me sacarás a bailar. Y, con la oscuridad que le pertoca a la vida, y los dos seres humanos a los cuales se les ha detenido el tiempo en el mismo momento que chocaron sus miradas, por estar danzando su tempo y empezando su nuevo y único vals, por fin se besarán. Se acaban de enamorar. ¿Será verdad?

Comiéndome las estrellas
Has dejado de estar, de ser conmigo, y tanto, que tu presencia es ausencia. Me quise quedar, y estuve bastante tiempo atrapada en aquel pasado. Aferrándome a un tú que nunca fue y que tampoco será. Pensé, creí. ¿Para qué? Caí, caí, me rendí abajo, en el pedestal que creé por y para mí. Me cobijé en el lugar, en el primer escalón. Tú estabas allí, bien bonito, idealizado. Yo, ilusa de mí, esperaba a que todo cambiase, a que te convirtieras en otro. En un buen hombre, leal y fiel, y lo fuiste allá, en mi ideal. «Yo te quiero mucho, amor» me vas lanzando de vez en cuando, justo a posteriori de mis «¿Me quieres?» Y probablemente sí lo sientas, pero no lo demuestras. Tantos puntos suspensivos, tantas pausas… ¿Para qué? Tengo migraña y las pestañas disecadas (de tantos suspiros y llantos internos). Me quisiera quedar. Ya no es que pueda, es que no quiero. No me apetece. Fui sola, avancé solitaria y lo sigo haciendo con y sin ti, porque, repito, no estás. Ni me arropas ni tampoco me mimas. ¿Qué significa que me beses? No me apeteces, porque vienes y vas y me desvaneces. Quise, quise tantas veces…, aunque culminé embriagándome de una sed ya seca y muy vacía. Y, al final, arrasé del revés, cierto. Decirte que soy, pero que no estoy. Me disgusta el pecado que cometí: me como las estrellas, ahora soy todas ellas, brillo convirtiéndome en eterna.

Cada dos por tres
Se me enfría el café, y el corazón a propósito, de mí. ¿Y me quiero caer o me dejo desvanecer? ¿Estoy apostando por mí para el después? El día, el atardecer, el de más allá, el que se planta en aquel punto y seguido. Pareció, sí, pareció escabullirse, pero resulta que se fue duplicando. Quise, quise, quise arrasar, y de tantos intentos culminé arrastrándome: llevé a mi sombra encima de mis hombros, a cuestas, subiendo la hechicera cuesta. Me hipnotizó tanto que acabé. ¿Dónde? Pues colocando mi reflejo, el del espejo, debajo del pedestal, sacándolo a la fuerza. Dicen que la «maña» gana, pero yo de inteligencia poca. Luego, después de tantas pausas, de los paréntesis, decidí, cómo no, sacarme las astillas y, todas las pestañas y los colores y los descosidos de mi corazón torcido sencillamente iba cojo y loco y poco roto, ya decidió volver a matarse y, pues, ya va acostumbrado.

Escribir y sentir
Escribir, escribir, escribir. Luego, morir. Quiero partir, me apetece ir. ¿A dónde? Ni lo sé, ni jamás, quizás, lo sabré. Ay amor, amor, dolor. ¿De qué sabor te has pintado? ¿Alcanzará el color? Me marchitaré, probablemente vuelva a caer y, a posteriori, a renacer, pero me marcharé, sí, a otro tipo de sobrevivir. Ese, ¿Será más ameno? O ajeno…, a ti. Porque, nena, de mí para ti, déjate fluir, aplícate un poco de raciocinio y vuela sola como una paloma, como una blanca paloma. Y sentir, y sentir, y sentir y creer vivir, y alcanzar el duelo, para llegar al precipicio, el inicio, y precipitarse. Culminar en el «summum», en el colmo. ¿Cuál era la locura? ¿Y la cordura? Sencillamente…, quiero sonreír, endulzarme a unas cuantas, muchísimas palpitaciones; emociones bonitas. Aunque hay veces que me pica la melancolía.

Borrón, sin cuenta nueva
Me siento triste, poco esperanzada, deshinchada, pero con muchas ganas de que me encuentre el amor. Vaya por Dios, siempre me topo con el dolor. Ya encajonada en el mal sabor, me lo trago con un poco de licor. Entra amargo, un toque agridulzón, así, un toque tontorrón. Al menos estoy. ¿O ya no? A veces me vuelvo cuerda, otras la misma cuerda me ahorca. Otras simplemente se afloja hasta que se tensa y culmina en el «summum». ¿Quiero aún? ¿Me apetece seguir? Quizás acabe en este sufrir, en ese latir. Aunque mi vaivén se fue, regresó, se ahogó y se plantó. Quiso, quiso, quiso. No pudo, se marchó. Ahora late del revés si es aquello que crees. Todos aparentan llevar vidas milagrosas. Algunos pocos lo van gestionando de realidad, de algo de verdad. Yo, yo, yo te veo allí volando como un colibrí. Fin, porque otro principio amanece. Parece que me observo desde dentro. Eh, que continúo siendo experta en retratarme, en ir tarde a absolutamente todo. De mis raíces. ¿Qué nacen? Ni me quedan perdices ni tampoco narices para perderte de vista, para querer zanjar la brujería. Aunque la relojería haya estallado, de donde salió escopeteada creando una magia rara, los tempos se han cancelado solos, congelándose. Al final se agrietaron, pues se saltaron o se soltaron. Y yo quiero que me quieran completa, también eterna, pero cada vez que abro los ojos acabo cerrando mi corazón oscuro. Y vaya pequeña coincidencia: somos dos perros hambrientos. Tú, por querer comerme entera, yo porque me saboreen con dulzura, pasión y un temblor, el del amor. Qué pena que esté muerta, enferma y harapienta. Me duelen los codos de tanto describir quien soy o de qué me gustaría no carecer. Los locos, ¿Existen o se extinguieron? Bueno, ¿Me quieres? Es que me ubico lejos de ti, en otra estación primaveral del año del tuntún, del dos mil veint-«tú», instante preciso y perfecto en que hubiese cortado los hilos que nos unían. Resulta que se han despedazado, sí, van desangrados mientras se desgarran. Luego, un poco de indecisión, de revolcarme en mi propia perdición. Salvar la primera canción que nos ligó, que nos metió en un buen marrón. Borrón, y a seguir con la antigua cuenta, porque eso de colocar el punto… «¿Cuál?» Y saltar al nuevo escalón, al otro escuadrón es un cuento (tontorrón).
La nube ennegrecida
Todos cometemos errores. ¿Seremos humanos o sobrenaturales? A veces, por no decir siempre, escupo lágrimas, que son mis pestañas llenas de llamas. Y, sin querer, con mucho poder, me vuelco en mi quehacer. Me quedo, sin más, latiendo del revés. Que alguien me salve, por favor, pero es que llegó el ayer el atardecer y, con él, el anochecer y, cierto, fui ennegreciéndome, así, convirtiéndome en una niña, en una chiquilla, en la quinceañera que tan enturbiada le acaban brillando los latidos desde dentro hasta que las estrellas estallan quebrantadas. Sigo aquí, así voy: distinta, echada a un lado, siendo la luna oscura, aquella que ya ni se ilumina con una simple sonrisa, de la que ya no le sale chispa. Pensando, suponiendo que, bueno, que ya estaba floreciendo… Es que duele muchísimo ese latir, ese mal vivir, ese ir y sufrir. Espero y, al mismo tiempo, me mueve, aunque, cómo lo estoy haciendo…, porque me caigo, desciendo. A veces soy tan invisible, otras pocas soy la mancha convertida en tinte negro, siendo el pegote raro, desencajado, enturbiado. No, no me mires, huye, arrópate en el vaivén vecino que seguro que te econtrarás menos vacío y un poco más vivo, así, eterno y entero.
Encontrando el dolor
«Todos buscamos amor», suelta mi subconsciente. Mastico las tres absurdas, y malditas, aunque ciertas, palabras. Me gustaría absorberlas para luego escupirlas. ¿O esculpirlas de una pizca de amargura? Anoche me las tragué, acabaron engulléndome, que al soltarlas esta magnífica tarde han salido contaminadas. Les soplé algunas margaritas y, en vez de florecer, culminaron enturbiadas hasta el amanecer. Observé el aire que se ensombreció, se llenó de chispas de dolor. La melancolía va danzando al son de la alegría que se quiere muy viva, pero que termina desubicándose en la cara de la hipocresía. «Y yo qué sabré», explotará el reflejo ensombrecido. Se quiso, se quiso. Ahora y aquí, el espejo baila con más de mil pedazos esparcidos por el suelo. Intenta saltarlos; en el corazón se le han clavado. Derramándose está, y va. Pero hoy es jueves, quiero decir, martes, uno cualquiera, y en esta breve tarde, suspicaz, que se cae, sigue mi pedal encallado, estancado. Me quiero enamorar, que sea de verdad, con algo de piedad y mi queridísima alma, que sea arropada y no angustiada ni acojonada ni tampoco se encuentre atrapada entre las varias roturas, imposibles de arreglar, del espejismo roto, incapaz de coserse ya las heridas disecadas.






