Ya ni me reconozco: las hojas de los árboles se desvisten de otros colores, y yo, pues me quedo arraigada en mi propio vicio. Hablo, estoy describiendo el bucle, quizás, cada vez menos grisáceo. Luego, salto. Me hundo ahogándome con aquella tristeza. Hoy decidí sostenerme los pedazos rotos, pero hay tantos, que ni se aguantan entre ellos mismos. Y, después, están los recovecos más sinceros, que abundan, que se abrigan y acurrucan en mi penúltimo chispazo. ¿Será la penumbra? Lo será, quizás. Voy tan agotada, joder, estoy extraviada: ni mi mísero ser me aprecia, se ha dedicado a burlarse de mi cara en mi ventana (que nunca lo fue). ¿Y sabes qué? Me gustaría, «me gustaría», a poder ser, sentirme querida. Me pregunto, «me pregunto» si soy tan difícil de querer. ¿Para qué continuar en ese vaivén? Tan fácil como cerrar las alas para el nunca más. Sí, dejar de batirlas. El pequeño, tan inédito inciso, consiste en que sigo aquí, aleteando a ras del suelo y cuestionándome si quiero seguir. Me voy sacando las lágrimas de las pestañas con las huellas de mis dedos y van dejando marca, provocándome unas ojeras muy amargas. (Estoy cansada). Y, todas ellas, querían rodar mejillas abajo. Prefiero hacerlo en mi cama (que tampoco es mía). ¿El amor lo podrá solventar todo? No estoy segura de la respuesta…, aunque, de momento, el dolor ha provocado el estallido, siendo tan brutal, que me ha dejado sorda de cora’.
Categoría: Escritos

El desamor llamando a mi puerta
¿Y qué es el amor si no es sufrir? ¿Será sentir a cámara muy lenta? ¿Quizás estrellarse con el corazón atragantado en la garganta? ¿Y que los pulmones dejen de respirar? ¿Qué es el amor si no es sufrir? ¿En qué consistirá? ¿Y si escribimos sobre su significado? Tal vez se derrumbe mientras las letras se van cayendo o incluso deshaciendo. Se les despelleja la pintura, que parecía estar bien enganchada. Aunque como la vida misma, siempre una termina por llorar a lágrima viva o amarga. El hecho, el suceso y el inciso, todos son lo mismo. ¿Me explico? La miseria se corrompe aún más, como si existiese la posibilidad, la mínima, o la única. Y, otra vez, sin querer, pero percatándome, la conjunción amanece varias veces. Quisiera yo, me gustaría. Ya ni sé el qué ni tampoco el cuándo. El caso es que ya me da igual el pretexto, se ha esfumado, borrándose completamente. ¿Alguna vez estuve entera? ¿Fui eterna? ¿Qué era el amor? Porque se fue, se fue. Quizás lo machaqué, tal vez lo iluminé, incendiándolo con mi tristeza tan palpable, que solo cabe un pedazo -roto- entre mis manos ensangrentadas.

El otro milagro
A veces me apetece arrancarme las pestañas de cara y, otras, tirarme por las vías del tren o descuartizarme en el siguiente andén. Hoy estoy triste y loca y rota, pero «todo va bien». El pequeño inciso, el problemilla, es que mi existencia vital está en aquella miseria, la del más allá. ¿Para qué quiero un cuarto oscuro si ya tengo las sombras dentro? Si el monstruo feo y arrugado y enturbiado soy yo. Tengo la mirada entristecida, voy con la humedad impregnada, que no se quita ni tampoco se marcha. Se desvanece un breve rato y ya, porque luego sigue molestando. Voy mocosa, también bastante frustrada. Tenía tantas ilusiones a tu lado… si estuviéramos juntos: tú conmigo, yo contigo. Vaya furia, qué días tan grises. Me hice amiga del insomnio, la depresión amarga se ríe de mí a carcajada libre. Intento alejarla, pero se siente cómoda en ese vaivén, mi miedo, que viene y se queda estancado.

Solo soy la loca
A veces apuesto por ti, otras, por mí. Hay momentos que necesito llorar y, ahora, es uno de esos. Saciarme entera de mucha espera, y café, tampoco sé ni quiero saber. Me sale la mala castaña, la amargura sola. Si alzo mi vuelo abriendo solo un poco mis alas, creo que muero, que caigo enferma o me convierto en eterna (sin siquiera estar). Me quiero quedar. El caso inédito, quizás, es que dejé de volar. ¿Sonaré burlesca? Que el romanticismo se vaya a la mierda, a la mismísima mísera mierda, y se convierta, absolutamente todo, en la incomprensión entera. Sí, porque estoy cansada, muy harta de esta chiquillada. Resulta que la calle va hablando, quiero decir, que va despertándose. Me encantaría tener una pizca de ella, convertirme en la bella o, al menos, ser aquella estrella, la denominada como reina. Sencillamente…, soy la luna, la opaca, la rota. En definitiva, la loca.

Inerte
Parece que vaya en blanco, pero mis pensamientos van volando muy alto. Y me gustaría, preferiría ser, quizás, la de la cicatriz y no la de la herida que sangra. Aún tengo varios miedos, creo. Voy, ando, dudando del futuro y posible milagro. Hace dos noches me sentía eterna. Ahora me quedo quieta.

Pide el deseo
Vaya por Dios, me he convertido en la «tabula rasa» que no arrasa, pero tan blanca. Apúrate que se marcha la angustia, bueno, después de tanta metáfora, al final, la verdad mata a conjunto con la pura, y no tan dura, realidad. ¿Petará el bombazo? ¿Se estrellará el balazo? Cuídame, acurrúcame con tu corazón, que el mío pierde de vez en cuando la razón… Si te narro cómo va la esperanza… se ensancha, se ilumina mi mirada y aquella sonrisa anteriormente amarga, se ha adueñado de la alegría, tan coqueta, tan…, mía. Qué pícara, qué pilla. Como le cuela, le pega, esa picardía. Ahora, justo en ese instante, estoy a rebosar de fe, quizás un poco agridulce, pero, nada como observarte y quedarme palpitando en tu mirada que va al son de mis cosquillas. Sí, son las mariposillas nerviosillas llenas de sabidurías. Desconocen el cómo, el trayecto, tan inédito, oculto y, además un poco oscuro, ¿Sabes? Sígueme, que ya me solté el pelo debajo de la lluvia, que lloró todas las penas por mí. He dejado atrás, en aquel pasado, la tristeza. Súbete a ese rizo, que es muy diablillo: ¿Nos vamos a bailar al unísono? Me he cansado de estirar mi corazón. ¿Me explico? Mejor te lo describo, es sencillo, pero espera, deja de parpadear que, esto, lo nuestro, está vivo.

Mi yo-poético
Iba, iba a escribir, quizás describirme, el caso es que desistí, o me resistí. Voy deambulando por las paredes de mi corazón. ¿De dónde vendrán las raíces de la razón? Tengo el cerebro como un cajón que no cierra, sí, lleno, a rebosar de tiritas que se despegan, esbozos y muchas teclas descolgadas ya. Y, yo, sigo aquí, sin ser yo o siéndolo demasiado profundamente. Me apetecía, bueno, realmente «necesitaba» llorar. ¿Y por qué pongo comillas? ¿Para qué? Tal vez la finalidad sea que no exista un fin ni tampoco un final. El suceso es que sigo allí, cayéndome muerta, más rota que antes. Estoy tan sola, abunda la aleatoriedad de la soledad. Me repetiré, pero es la verdad…, soy la luna, ennegrecida esta mísera vez, y todas las anteriores. No quiero hablar de las próximas heridas. Me intento camuflar, ocultar, en ese llanto tan inédito, aunque se me ven, sin querer, las pestañas, que se me resbalan con tanta lágrima seca. El asunto es otro, pero yo sigo aquí mientras hay una sequía que salpica a raudales. A bocajarro disparo los milagros enturbiados, que van desencajados porque han perdido el sentido y el ritmo, como yo.

En mi propia perspectiva
La gente se pasea, se recrea. ¿Y las personas dónde están? La humanidad, que apesta, abunda. Sin querer, entre pensamientos vas apareciendo tú. Retumban los tambores, se oyen los petardos al igual que mi corazón, sin razón, bombardeando a todo pulmón, pues va a grito de otro color. Vaya, parece que se marcha el dolor aunque es, sencillamente, Fiesta Mayor. Y, yo, que sigo aquí, siendo la mujer derecha, recta, bueno, después de luchar mediante la fuerza bruta, solo queda permanecer, o morir otra rara vez. Me verás aquí, sin barniz ni pintura, coloreándome la absurda sonrisa cuando estás y te veo y me miras. Me tendrás allá, a escasos pasos de ti. Me acogiste en tu mirada, arropándome entre tus manos que formaron el hogar, uno nuestro, quizás. Entonces, para siempre -el resto de nuestros días- me quedé. Estuve tan rota…, ahora soy más roca y menos niña, probablemente más querida por mí misma…, pero si observas, me electrocuto por dentro: soy los mil cables enredados entre ellos. ¿Consistirá en cortarlos todos y dejar solo uno al libre albedrío? Este último, precisamente, es el más injusto, alocado y enturbiado, porque es el que me falta o sobra dependiendo de la ideología, y la perspectiva. Aunque, si pudiese, me colgaría con la mía y allí me estacionaría.

¿Para cuándo el final?
¿Qué sucede? Que la vida pasa, no perdona y arrasa, aunque una no quiera ni tampoco le pertenezca esa guerra. La que me gustaría perder, sí, zanjar la batalla, soltar la armadura, instaurar el cartel de paz para, por fin, bailar en una solitaria libertad, pero abriendo las alas, empezando a volar. Me apetecía saltar, apostar por ese precipicio. Resulta que está maldito. ¿Ya viste mis ojeras? Están feas. Y, yo, que me voy con la mirada nublada y el alma enturbiada. Mis pestañas se caen como todos mis deseos. Tampoco te hablaré de anhelos…, es que se van, dejándome cada vez más alocada. Pero, yo, en ese vaivén… ya ni sé ni tampoco puedo, ¿O sí? El caso es que me quedo. Vaya, que si me quiero. Aunque ojalá todo brillase de otro tipo de color. Dicen, dicen, que siempre acaba saliendo el sol…, ¿Pero y si soy la luna? ¿Seré, quizás, la lunática? O la desconocida y, a la vez, la fanática. ¿Algún día dejaré atrás las metáforas? Amanecen las lágrimas, se van saliendo entre realidad y verdad. Será que voy jugando a evitarlas, quizás consiste en olvidarlas. ¿Cómo se arranca una misma la coraza? Está ya tan machacada. Quisiera, si fuera posible, ensancharme la esperanza, abrazarme a la fe. ¿Pero cuál? ¿Con qué final? Ahora, escribiendo con conocimiento de causa, quiero una casa, sentirme amada, ilusionada, enamorada, pero solo veo grises y nubes polvorientas y peldaños rotos y papeles arrugados, y a mí cayéndose por aquel ventanal tan descomunal que me grita a susurros que me tire, que así me ubicaré en otro espacio estelar menos mortal.








