Estamos a martes, quiero decir, somos martes: nos lo pintamos, cocinamos y, luego, pues nos lo comemos. Vamos, todos, ahuecados. ¿O la palabra correcta era ‘adueñados’? ¿Pero de qué o de quién? Tantos textos de los cuales abundan sus fachadas grisáceas y largas… se me van cayendo todas las pestañas. Acurrúcamelas, y estas y las otras, y baja las persianas: que se encierre, y encienda, el sol en nuestras almas. ¿Y ahora por qué escribo sobre comedias y dramas? ¿Qué tipo de miseria abunda en ella? Desdibújame entera, quítame la desesperanza que a veces viene, se queda y avanza, pero, oye, no, no te vayas. El día, bueno, parece muy largo aún así yendo errada, porque en un cerrar y abrir los ojos, pues culmina, sí, en la cumbre de la colina. Acércame esta, y aquella…, convénceme. ¿No? Así, con acciones y besos por toda mi cara mientras se sonroja porque se los has plantado. Entonces…, entenderé varias cosas, sustancias reales: que me admiras, me cuidas y me mimas. Que por eso haces asomar la alegría a la comisura de mis labios. Porque me estás queriendo y como si fuese todo un breve milagro, yo también lo hago, yo también, y sin querer porque te quiero y me quires, lo hago. Porque lo irreal, lo mágico, ha estallado. ¿Eres tú ese brujo tan mago? Serás el que hará la magia, con esa paciencia que te caracteriza, porque, bueno, vamos construyendo, entre el vienes, el voy y el estamos fluyendo. Qué brutal. ¿Verdad? Qué brutal fe, que se sostiene sola, como la luna en aquel cielo de ayer tan azul, porque ya se quiere, porque aún estando y siendo solitaria, en este ahora se encuentra acompañada y vaya, qué perfecta e intensa y magnífica y surrealista burbuja escurridiza: va asustadiza, pero bien enamoradiza, la pillina. Hasta las trancas, sí, de su corazón extraño que parecía ahogado, algo muy arrugado, y sagrado, pero que se ha ensanchado por tener un paz increíblemente inusual dentro, y todo por él.
Categoría: Escritos

El amor no es una ciencia
Se me están acumulando los recuerdos y los verbos conjugándose contigo, también. Vaya vaivén, pero quédate, y ven. Me observas, me cuidas. Será que me aprecias, que me admiras. ¿Será que de verdad me quieres? Tantas inseguridades se pasean por mi mente, ya demente. Son las dudas, que me escuecen y no les apetece si quiera detenerse ni tampoco pausarse. Pero tú, tú, estás aquí presente. Tengo un poco de vértigo en la punta de mis dedos. Mi corazón, juguetón, se acelera solo con pensarte. Imagínate con el simple hechizo de verte. ¿Estaré enamorada? ¿Iré ilusionada? Quizás es sonámbulismo crónico, ese que se inquieta de forma constante y contundente. Potente va ese sentimiento tan indiscreto que yo me quedo, que ya me he quedado entre tus varios acentos, los que te caracterizan por ser distinto por dentro. ¿Pero en qué momento apareciste? ¿De qué modales te pintas? Quiero conocerte, quiero entenderte, aunque eso signifique perderse más, o plantarse para a posteriori petrificarse, y ausentarse. Que no hay que mostrar tu debilidad, que no me vas a traicionar. Demuéstramelo, por favor, a ciencia exacta y muy cierta. El amor es una sensación inexacta e imprecisa, y demasiado destructible, pues se me quiebra cada dos por tres. Quédate, y aliméntame como si no hubiera un mañana, porque regresaré en el ayer añorándote. Tócame las pestañas, han dejado de estar húmedas. Ahora mi corazón parece que florece. ¿Será que ya se agradece?

De puño y letra
¿Cuál es el sentido de la vida? Se cuestionó Woolf a través de una de las protagonistas de una de sus novelas metafóricas. A lo que voy yo y, sin querer, me pego tres tiros, caigo del revés, me vuelco y me vuelvo a mover, a nacer. ¿A dónde? Ni (yo) lo sé ni tampoco quiero saber. Porque después de dos siglos, le vamos a poner, aproximadamente, y varios monólogos introspectivos, me veo aquí. Me planto, de verdad, que me apetece tanto…, pero bueno, no sé. No sé absolutamente nada de esta, mi existencia vital, y tan ficcional. ¿Verdad? Está bien que esté mal, supongo. Entonces, escribo y, de ese mal querer(me), pues alargo la agonía y la tristeza y la poca fe que me queda… y culmino con el poder en mi mano. Sí, el de ir describiéndome. Porque de puño y letra, después de tanta espera que desespera, me corto la etiqueta de la antigua, aunque nueva, chaqueta. Me gustaría… ¿Qué? ¿Ser más pícara o quitarme la ironía de la oreja izquierda? Discúlpame, pero tantos interrogantes me la distorsionan, me la desubican. De golpe va y se pican. ¿Sabes? Aquellas canciones y la melodía, la jodida sintonía. Con una simple y bien sencilla señal, la de baila, y grita y canta, le agrego yo, como una idea surgida de la nada. Agarro la coletilla, se ve que parece incendiarse la bombilla. ¿No iba apagada, así, tan desgastada? Perdona, se me ilumina en la distancia mi penúltima instancia, la de la sabiduría enemiga.

Las mariposas
Se me enfría el café, que viene y arrasa con toda su buena, o mala, fe. Voy, voy escopeteada. ¿Cuándo saciaré esa necesidad? Cuando, quizás, cierre la herida. Todo sana, todo duele. Perdona, sí, por esta absurda vida, quiero decir, por mi pequeñísima existencia vital me veo dentro de mi propia y mísera fantasía, me veo triunfar. ¿De qué? Ni yo lo quiero saber. Saboréame esta incertidumbre, quítame la duda y que la verdad se haga realidad. Voy enferma, veloz y escueta. Es un lunes de mierda, o sea, de fiesta. Y vaya…, sí que apesta. Tiro ficha, la de quedarme inerte y bastante breve. No estoy orgullosa de la forma, y de esas ganas raras. ¿Sabes? De las mismas en que estoy encadenando palabras. Es que son demasiado largas y, además, aunque repiquetean, ni se acentúan. Serán las cenizas que solo hacen que huir de la semilla ya menos ensombrecida, pues ya se observa, ella, florecida. Me encuentro en la mitad de la salida, justo en el preciso inciso, pequeñísimo, de si quedarme o saltar al próximo hueco, para volar corriendo. Se me comen, y carcomen, también, las heridas ya descoloridas y descosidas. Arguméntame esta, vete, otra vez, y sácate a ti misma la tarjeta amarilla, ya casi rojiza. Te pusiste colorado. ¿Ibas colocado? Es que las mariposas te huelen, y duelen poco. ¿Eh? Porque a tu alrededor van graciosas. Siléncialas todas.

La fe estrellada
¿Puedo hacer una pregunta? Bueno, el caso es que ya la hice. Vaya cuento: está a rebosar de absurdez. Solo quiero saber cuándo me cansaré de ser la tristeza personificada. Deshumanízala, suelta la otra cara de la moneda. ¿La cruz? La mala suerte, le denominan. Ve y llama a la puerta, atrévete, elimínate todas las etiquetas, que las coletillas llegarán solas y en una abundancia terrible. Esa chiquilla tan pequeña, que ha crecido con creces, me mira con curiosidad, pero la adulta se observa desde el reflejo del espejo muy indecisa, e incrédula, ni que le digas que Me quedo, pero, así, diminuta. Me sobra la eñe porque le suma abstractez al asunto pasando del uno al diez. ¿Y qué? Me acabo de perder otra miserable vez. Voy del revés, no sé ubicarme de pie, pues. Las cenizas van que vuelan, que arrasan y, las alas, ya sonámbulas, se arrastran. Que cuándo seré feliz: pues ni yo lo sé ni tampoco lo quiero saber. Es que…, ¿Qué? Que te guardes en el fondo de tu escasa sabiduría esa diminuta alegría. ¿Sabes? Esa fe que quiere, e intenta, y con impulso fuerte parece que se eleva, pero vaya… cuando la ves estamparse contra la mierda va y se le salen las estrellas por las orejas, si es que tiene. ¿De ellas o de ambas? De ninguna. Descuartízate la mala lengua, las habladurías y las brujerías. Se han quedado las tres y, de golpe, qué maldito estrés.

La enamorada
Todos evolucionando, todos enamorándose, cambiando por y para alguien, y yo, ¿Yo qué? Yo aquí… ¿Haciendo qué? Pudriéndome mientras me vuelco en el café. Se va enfriando y, sin querer, la espera de la fe se alarga. Voy tan cansada, ¿Pero desde cuándo? ¿Cómo vuelo? Se me alteran las palabras o solo es que van disecadas? ¿Van así? Realmente angustian tanto que se absorben… Supongo que se solapan las más inéditas, de aquellos vacíos tan huecos, de aquellos dilemas con varios esquemas que, bueno, si sabes deshacerlos pues bienvenido a mi vida, queridísimo mío. Quise, tuve (en pasado, ¿Otra vez?) Otra vez de apreciarme y acurrucarme y cobijarme entre mis heridas. Espera, acabo de soltarlo, de nombrarlo, al substantivo, digo. Si escribo, si me describo, quizás el milagro sale tan disparado que se acaba abriendo del todo la brecha de la luz escueta, sentencio. Me gustaría, si pudiese alcanzar a la estrella…, me gustaría narrar sin querer, a bocajarro y con el corazón sangriento. Es fugaz, y el tiempo va que vuela, y si vuela, sí, vuela. Entonces, me quedo quieta, inédita. Tal vez menos muerta: voy sonámbula por esta avenida tan estrecha. ¿Seré yo la vívida, la pícara, la…? ¿La qué? Yo qué sé, supongo que va del revés, la incongruencia de cabeza a pies. La misma que observa la luna rojiza y llena y se cuestiona si los zorros ya habrán salido a por ella, si ya han aparecido fuera de su escondrijo para cazar a la loba, que se detesta, que se apesta y se determina como la princesa mal puesta por considerarse una chiquilla entristecida, por ser la mal herida. A ver si necesitará a una alcahueta: ¿Pero para destruirle aún más su propia miseria interna o para alzarle su cabeza de muñeca muerta? Será que se debe creer más que la que sirve de verdad es la pura ciencia, guiarse por hechos empíricos…, que en el resumen del final del cuento chino y turbio, la intuición solo tiene una única utilidad y sirve para estar equivocada en ese pequeño trance de vislumbrarse como la enamorada.

El sentimiento desubicado
Tantos pendientes… vaya resaca emocional, todo, esto, es tan mortal, y anormal, quizás. ¿El hecho es que no haya hecho ni tampoco derecho? Me muero, me muero, voy, así, escopeteada, poco saciada de ti… hasta que te veo y una paz inimaginable e indescriptible me describe entera, pues te impregnas en mi piel, entre mis pliegues. El papel. ¿El papel qué? Que se queda corto, que va escaso. Eso quiero yo: tenerte a centímetros de mí. El caso es que del dicho al suceso hay un gran trecho, un gigantesco techo. Porque, bueno, son palabras y se marchan volando con el tiempo y al ritmo del tempo. No me hables de coletillas, tampoco te vayas de puntillas porque te escucharé, y a conjunto, con mi corazón, que se romperá por otra desesperanza más. Y al cajón de desastres, de las desilusiones rotas, así, de las mariposillas loquillas con la picardía limitada.
Estamos en este vaivén, y ven, ven, porque somos seres caducos. La vida son dos días y, aunque llena de puntos suspensivos, incertidumbres e incongruencias…, pues, bueno, deshazme de esta inercia que fluye tan bien ya que desciende y se enciende del revés. Cuesta abajo la monotonía incluso se observa divertida. Solo que estoy y voy cansada de este desamor bien encajado, de no corresponder(me) e ir siempre, siempre con la paranoia en llamas. Las chispas se incendian de unas cenizas que parecían algo inéditas. ¿Se ocultaban? Sencillamente se sentían tan muertas, tan sonámbulas, tan esqueléticas…, que explotan, que estallan saliendo a bocajarro de mi frío y cadavérico y huesudo corazón.
Repiquetea, se queda, se verbaliza, se aprecia y se deleita para después sangrar a carcajada libre, como si esta pudiese saldar todo el daño. ¿Puede? Quizás ahora, este, ya petado, se centre tanto en los colaterales… son algunos espacios en blanco que los verbos se me escapan y mi mente arrasa con tantos pensamientos raros que sin querer se convierte en la tabula rasa.
Entonces, de golpe y estupidez ajena saltan las alarmas y los semáforos se quedan enrojecidos por el sustantivo mal puesto.

La noria loca
Qué paranoia, qué discordia. Vaya sí que da vueltas la noria, sí, de mi ensombrecida nube; está muy, muy, muy grisácea, que no, que no sacia. Desconoce, bueno…, yo dejo de conocer, la manera. Se me descoloca la forma, y la cola. ¿Me fui con el rabo entre las piernas? ¿Acaso tengo si es que de un chispazo voy y muevo y muerdo el anzuelo? Dame o, mejor escrito: ¿Me quedo el amuleto? ¿Tengo? No lo sé, porque me pierdo, me pierdo y me pierdo. La fe va, se descuelga. Se ríe de mi miseria. ¡Y qué feria! El espectáculo que se asemeja a algo, que parece que se queda… ¿De qué tratará la próxima trama de la novela? Quise colocar el punto, pero se quedó desubicado, inacabado. ¿Lo peor? Que plasmo descripción tras ficción. ¿O era, justamente, al revés? Un, dos, tres, ahora me caigo (bien) de pie. Solo son, bueno…, creía que eran las seis. Spoiler: no llegamos, todos, ambos, al más allá de la coletilla, de la agujilla que pica, que apunta las doce del mediodía, quiero decir, que va agujereando al reloj, que se deshace siempre, porque se contiene tanto que no sabe cómo detenerse. Así que sigue y prosigue, como del prólogo al epílogo de donde abundan unas cuantas sombras pícaras. Son las páginas ennegrecidas, y no de palabras, sino de sensaciones raras, muy extrañas.








