No sé, me apetece no hacer ni tampoco ser nada. Convertirme en la tabula rasa que quizás arrasa. ¿O no? ¿Voy a ras del suelo o del cielo? Tantos títulos pendientes… me esperan, se esconden, se ocultan entre sus recovecos, huecos y huesos. Quieren…, algunos quieren salir, resurgir y, tal vez, fluir al vaivén de mis manos, mientras los voy acariciando. De repente, como si saliese el sol, cuando en realidad hay un cielo muy enturbiado y a punto de estallar, quiero decir, como si de un milagro fuese… Nada, me voy y observo a la gente, que analizo mi vida y, después quedarme tan inerte, vuelvo aquí, y me vuelco en describir y en definir, y también en concluir. Entonces, recojo casi todas las semillas de mi huerto interior ya florecido y me percato de un solo inciso: que me he editado tantas veces que ahora solo queda quererme. Que, ahora, sencillamente, me ubico en este, en mi apreciado presente. Me quiero quedar, esta vez, sin tanto funeral. Estoy amando aquel sentimiento tan mortal, parecido a algo brutalmente letal, pero el pellizco, el de mi ser enfermo (en un pasado muy inquieto) lo alcanzo otra vez, y esta, para dejar de convivir con una alta presión que me amarga, que delata mi mirada. Así que nada, que me he transformado en un cuadro ya algo pintado. Si me permites, querida, déjale paso a la herida, que va a bailar bien vestida.
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Lo que he aprendido sobre mí misma cuando escribí “Burlando el tiempo”
Absolutamente nada. Durante el proceso de escritura creativa, de sacar la miseria y lo que llevo dentro no he aprendido nada. Ha sido después, el posteriori, precisamente los momentos en que, por arte de magia, o de casualidad, he decidido leerme. Cuando una escribe, se está describiendo varias veces y es una inconsciente, pues su mente, demente, y sus emociones, están tan a flor de piel, a rebosar, que van surgiendo a bocajarro o de vez en cuando. Si no me explico, ahora te lo preciso: para poder intentar entenderse a una misma es muy necesario releerse, seguidamente de que el corazón se dedique a bombardear y a ir estallando. La picardía llega más tarde, y el acto de encajar las piezas, de un ser que parecía extraño, del yo-poético, y metafórico, arrasa siempre, al cabo de, aproximadamente, un daño, o varios. Y ese proceso, ese transcurso largo, va acotando, donde las coletillas, y las colillas, quiero decir, las comillas, colisionan entre ellas y deciden, no sé cómo, deslumbrarse, pero hasta cierto punto, pues si estallan demasiado, luego el milagro se distorsiona, de tanta ilusión. Luego es complicado explicarse. Narrarse es otro asunto.
Cierto, he escrito muchísimas palabras, todas sacadas de mis corazonadas, más o menos, qué más dará. Y a raíz de estas he creado, también eliminado, y he regresado para plasmar. ¿El qué? Te preguntarás, ¿Verdad? Ni yo quiero saberlo. El suceso acaecido por allá en el dos mil veinte, y tantos, porque aunque la cosa llena de letras, ¿qué será exactamente? El tema es ese, justamente, una caja que parecía muy cerrada, imposible de abrirse, pues se fue abriendo, tan temerosa, tan delicadamente rabiosa, que me hundí, que caí, otra vez, en aquel agujero oscuro. Me delató la mirada, la mía. Lo que decía, que nació Burlando el tiempo, y allí, en aquel vaivén, entre las nubes grisáceas y los atardeceres de colores indescriptibles, me quedé.
Entonces llega el ¿Y luego qué? Que pude descifrar, y definirme. Bueno, considero que no soy solo un yo, sino varios y, que, en esta existencia vital, seré muchos más y he dejado de ser otros. En esta escasa novela puedo concretar dos: el inédito y el editado, el real y el surrealista y, entre todos ellos, cabe destacar el núcleo principal: cómo me derrapa la ilusión, la hermosa metáfora, para luego dejarme la cara y las manos ensangrentadas de purpurina dorada. Por eso es tan deliciosa, por eso es tan querida, por eso viene con las ansias y las malditas ganas de dejarte con más.
Ahora soy yo, ahora estoy aquí, en una pequeña fotografía, en una instantánea momentánea. Estoy dentro del proceso, ni el del futuro ni tampoco el del recuerdo, sino el mío, el del presente. Y quizás, solo quizás, así defino o dejo de definir Burlando el tiempo. No es que sea complicado, es que, sencillamente, he pasado, me he traspasado (a mí misma) y he arrasado, porque me he convertido y me he transformado después de ir herida, de ser la herida, en la florecida. Gracias, querida, por ser tu misma.


