Etiqueta: poesía contemporánea

  • El florecimiento

    El florecimiento

    Con el alma arrugada, voy escopeteada y agotada. ¿Dónde cabe, en esta mísera vida, el sentido común? La perspectiva cambia cuando las palabras andan. De mientras el vaivén de un ser roto, que se queda quieto, casi muerto, frena. No logra acelerar, se ha detenido. Por un momento pensé que las subordinadas, en este preciso texto, sobraban, pero va y saltan y se solapan y, ahora, las teclas van saliendo a bocajarro de mis entrañas menos ensangrentadas. Se están secando, se están secando. ¿Cuándo? Se pregunta mi aleteo izquierdo. ¿Cuándo, el qué? Se vuelve a cuestionar mi inseguridad que va deshaciéndose a ras del suelo, o del cielo. El hecho es que ya me he acostumbrado tanto al infierno que voy, voy, y vuelo, aunque sea entre verbo y verbo. Aunque sea estrellándome con la metáfora, o la realidad. La moraleja… ¿Cuál era? Inexistente, se encuentra. Bueno, yo sólo intentaba describir ese movimiento, sí, justamente el extraño, pero resulta que se ha equivocado. ¿Quién: yo o el milagro? Perdona, quería concretar, supongo que encajar esa lógica…, en un diminuto hueco. Resulta que este se ha ensanchado y de él van naciendo sin parar, de las raíces, las ramas y, de las semillas, las flores ya no tan marchitas. Entonces, se me caen todos los placeres. Se mantiene el sujeto tácito, que tiene una estrategia que ni te imaginas. Mira, mira cómo aletea. ¿Quién? Volverá a incordiar la irracionalidad. Luego se girará, quizás, la sombra inédita concluyendo que siempre ha estado, aún así percibiéndose ausente. Como tu frase estrella, que era mía de hace ya unos largos días… Que aquí lo importante es tu presencia. Definitivamente, eres el capullo que, siendo consciente y a ciencia cierta, me ha causado el florecimiento interno, el que me ha regalado el jardín entero desde dentro. El mismo que me ha dotado del momento más mágico de mi vida, justo donde ya me estoy apreciando los recovecos, más o menos editados, o abstractos, pues, no sé de qué manera, ya me estoy queriendo en este gerundio sempiterno. Te quiero.

  • La fe sin nombre

    La fe sin nombre

    Va lloviendo, mis ojeras se despellejan y, el que parecía que aparecería, no llega. Se ausenta o se oculta entre las sombras más inéditas. Me quería ver muerta, pero las lágrimas arrasan. Entonces me encuentro vívida. Me quedan tres días contados… ¿Para qué? Se preguntará el del otro lado. Me duele el costado izquierdo y cada una de mis costillas que aprietan. Voy sangrienta, y soñolienta. Hace dos noches atrás, ¿O fue anoche? Bueno, el caso es que tú estabas dentro de mi ensueño, allí, recreándote, pavoneándote indirectamente y, mientras él me susurraba en mi oreja derecha, que tú estabas preparando mi aniversario… De golpe y porrazo me sonó un estallido alarmante: tocaba levantarse. Mi cuestión es porqué te metes en mi mente cada dos por tres. ¿O es que nunca sales de ahí? Se me enfrían los dedos de los pies. Vuelve a llover. Me da miedo…, de hecho, me acojona no saber salir corriendo cuando es lo más necesario en ese o aquel momento. Me aterra desconocer cómo colocarme para poder dispararme impulsivamente hacia otro lugar. Cierto, de intensa, lo soy, de vez en cuando. ¿Tendré la capacidad de deshacerme de ti cuando no pueda más? ¿O es que ya nos hemos unido tanto que…? ¿Tan entrelazados estamos? Vaya, veo que sí. Y solo quería echarte a un lado, pero resulta que si te despacho de mi vida, también me condeno a mí misma: ambos vamos al unísono de nuestros latidos, que van perdidos entre unos sentidos dignos de admirar. Te quiero, te quiero nombrar. ¿La fe se apellidará?

  • El desamor llamando a mi puerta

    El desamor llamando a mi puerta

    ¿Y qué es el amor si no es sufrir? ¿Será sentir a cámara muy lenta? ¿Quizás estrellarse con el corazón atragantado en la garganta? ¿Y que los pulmones dejen de respirar? ¿Qué es el amor si no es sufrir? ¿En qué consistirá? ¿Y si escribimos sobre su significado? Tal vez se derrumbe mientras las letras se van cayendo o incluso deshaciendo. Se les despelleja la pintura, que parecía estar bien enganchada. Aunque como la vida misma, siempre una termina por llorar a lágrima viva o amarga. El hecho, el suceso y el inciso, todos son lo mismo. ¿Me explico? La miseria se corrompe aún más, como si existiese la posibilidad, la mínima, o la única. Y, otra vez, sin querer, pero percatándome, la conjunción amanece varias veces. Quisiera yo, me gustaría. Ya ni sé el qué ni tampoco el cuándo. El caso es que ya me da igual el pretexto, se ha esfumado, borrándose completamente. ¿Alguna vez estuve entera? ¿Fui eterna? ¿Qué era el amor? Porque se fue, se fue. Quizás lo machaqué, tal vez lo iluminé, incendiándolo con mi tristeza tan palpable, que solo cabe un pedazo -roto- entre mis manos ensangrentadas.

  • El otro milagro

    El otro milagro

    A veces me apetece arrancarme las pestañas de cara y, otras, tirarme por las vías del tren o descuartizarme en el siguiente andén. Hoy estoy triste y loca y rota, pero «todo va bien». El pequeño inciso, el problemilla, es que mi existencia vital está en aquella miseria, la del más allá. ¿Para qué quiero un cuarto oscuro si ya tengo las sombras dentro? Si el monstruo feo y arrugado y enturbiado soy yo. Tengo la mirada entristecida, voy con la humedad impregnada, que no se quita ni tampoco se marcha. Se desvanece un breve rato y ya, porque luego sigue molestando. Voy mocosa, también bastante frustrada. Tenía tantas ilusiones a tu lado… si estuviéramos juntos: tú conmigo, yo contigo. Vaya furia, qué días tan grises. Me hice amiga del insomnio, la depresión amarga se ríe de mí a carcajada libre. Intento alejarla, pero se siente cómoda en ese vaivén, mi miedo, que viene y se queda estancado.

  • Solo soy la loca

    Solo soy la loca

    A veces apuesto por ti, otras, por mí. Hay momentos que necesito llorar y, ahora, es uno de esos. Saciarme entera de mucha espera, y café, tampoco sé ni quiero saber. Me sale la mala castaña, la amargura sola. Si alzo mi vuelo abriendo solo un poco mis alas, creo que muero, que caigo enferma o me convierto en eterna (sin siquiera estar). Me quiero quedar. El caso inédito, quizás, es que dejé de volar. ¿Sonaré burlesca? Que el romanticismo se vaya a la mierda, a la mismísima mísera mierda, y se convierta, absolutamente todo, en la incomprensión entera. Sí, porque estoy cansada, muy harta de esta chiquillada. Resulta que la calle va hablando, quiero decir, que va despertándose. Me encantaría tener una pizca de ella, convertirme en la bella o, al menos, ser aquella estrella, la denominada como reina. Sencillamente…, soy la luna, la opaca, la rota. En definitiva, la loca.

  • Inerte

    Inerte

    Parece que vaya en blanco, pero mis pensamientos van volando muy alto. Y me gustaría, preferiría ser, quizás, la de la cicatriz y no la de la herida que sangra. Aún tengo varios miedos, creo. Voy, ando, dudando del futuro y posible milagro. Hace dos noches me sentía eterna. Ahora me quedo quieta.

  • La margarita

    La margarita

    Me apetece, ¿Cómo decirlo? Caerme y quedarme para siempre, siendo eterna, en ese hueco mío. Hacerme ovillo, detenerme y no salir jamás. Sí, que la tierra me ahogue en ella para después convertirme en estrella. Jamás regresar a mi antiguo hábitat. Voy, así, tan cansada, con mis ojeras y llena de goteras, que ya dudo de si podré seguir. Tengo la capacidad, que parece inédita, de sangrar y llorar y de sacarme las heridas con no sé qué, que me vayan saliendo más astillas. ¿Tanto se aprecia mi «cansancio emocional»? Quise quedarme, en un pasado raro; mi yo del pasado. Ni poético ni tampoco real, simplemente me fui desdibujando en formato superficial. De golpe y soplido o susurro amargo, me manda la tristeza y se me sueltan, tan secas, unas cuantas lágrimas disecadas. Ahora me aprietan algunas costillas, ¿Serán las espinas? Creí que florecía…, a veces me siento margarita, así, pequeña, desnuda y quieta, que solo se mueve al vaivén del viento. Y vuela y vuela y allá se queda.

  • La infinita

    La infinita

    Necesito aclararme las ideas y, tanto, que resulta que todo está ya demasiado claro, ¿O no? En este anochecer la luna está ausente, aunque candente. Quiere, anhela, se aprecia las heridas. Parecía mentira, mi mente ennegrecida y, yo, muy viva. Ahora está enredada con la tuya. Sucede que la vida pasa, que las colillas se incendiaron, que el fuego arde. Tiempo atrás le temía a ese hechizo, pero es que la magia ha hecho de las suyas: ha estallado. ¿Sabes qué? Que me duelen los ojos de lo secos que van, que me siento cansada del qué dirán y, además, ese cansancio emocional no se va, sino que se aprecia cada vez más. Paulatinamente la fe que se descolgaba enturbiada, pues nada, que se está hinchando la octava maravilla mientras ella brilla, pícara, y se sonroja porque con orgullo nos mira.

  • Estamos brillando

    Estamos brillando

    Vaya miércoles tan triste, está decaído, así, descolorido. Aunque sin querer voy y me pinto cuando escucho mediante tu playlist lo mucho que me quisiste y me quieres. ¿Que dices que estás colgando en mis manos? Que te susurro, que soy yo la idiota que se cuelga por y también para ti. Que volarás, cantas. ¿De qué? ¿Cuándo saldremos, ambos, a bailar? Porque si te observo me quiero quedar, ya que tu mirada azucarada, de una mezcla de tonalidades otoñales, me grita felizmente anhelante, que aún me quiere. Y que se quiere estacionar, aquí, a mi lado. Aunque tengo una pequeñísima duda: ¿Cuándo es el «momento adecuado»? Porque yo voy y, si te apetece, me lanzo ya, ¿Sabes? Me uno, me ato a tu andar y, así, caminamos juntos. Incluso arrasamos, porque lo haremos. Ambos lo sabemos, si solo con vernos nos sonreímos contentos. Entre las ambigüedades, las ironías y, sobretodo, las corazonadas, ya nos podemos despedir con calma de este mundo terrenal. Porque nosotros estamos hechos de otro sabor, de un olor espectacular. Lo vamos a lograr, así que… Vayámonos a brillar a otro espacio estelar. Me quiero quedar.