¿Y a dónde vas cuando no puedes huir de ti misma?
A ningún lugar, porque te quedas, ahí, recreándote en tu propia miseria.
¿Y a dónde vas cuando no puedes huir de ti misma?
A ningún lugar, porque te quedas, ahí, recreándote en tu propia miseria.
Una conversación profunda, que te saca los sesos y aplasta el corazón. Una de aquellas donde las lágrimas estallan y las palabras son balas en el pecho. Donde una se acaba rompiendo hasta el último hueso. Me calaste muy adentro. ¿Ahora cómo salgo de esta? ¿Cómo? Joder.
Lo siento,
por todo.
Por ser caos,
mar
y lágrima.
Porque estoy helada,
porque soy más verbo
que palabra.
Porque me dejo ir
en el vaivén de miradas.
Y me pierdo en el acto de ser (persona).
Escribo para sanar,
para rememorar.
Para llorar en palabras
y regocijarme en ellas.
Pero, se ríen de mí;
de mis colores,
-estados de ánimo-.
Estallan ante mí
(explotan).
Y acaban haciéndome daño,
muriendo en el intento.
(Lo siento…)
Sé lo que se viene, la detecté tres años atrás y, bueno, ahora la llevo dentro y duele. Como cuando te arrancan el aire y te quedas sin respiración no un segundo, sino un minuto. Como cuando te presionan el pecho con preocupaciones sin sentido que van pasando por tu cabeza constantemente. Y donde está tu corazón se empieza a vaciar toda la sangre. Ahí, a pedazos, comienza el hueco. -El vacío-. Ansiedad, bienvenida. Te abro las puertas a mi vida. Te quiero, a ver si así te vas. Y se va, pero poco a poco va aprisionándote los pulmones. Las rosas que salían de ellos ahora son piedras grandes y pesadas. Que pesan, y pesan.
Pensar y sentir. La tristeza llega apoderándose de todo tu ser y, luego, el llanto que es como que quiere salir y no puede. Se queda estancado en la garganta. Y es cuando comienza el caos emocional. Uno que no tiene marcha atrás. Que aunque lo eches, regresa. Porque sí, por amor al arte todo esto te supera. Intentas respirar, -intentas-. No puedes. No, no puedes. Querer quieres. Y tiemblas de temor. Y sigue, sigue, sigue asfixiándote. Sea el tiempo que sea lo estás sintiendo con todo tu ser: alma, mente y cuerpo.
No te mueres porque ya lo estás, y del milagro -susto- sale tu mirada angustiada que se pasea por las calles con la alerta activada. Que ya no vive calmada. Que la sensibilidad arranca y no para, no para.
Todo pasa, sí, y vuelve (a pasar) arrasando.