Etiqueta: introspección

  • El sentimiento

    El sentimiento

    Estoy, ahora mismo, con la cabeza llena de pájaros, de perdices, precisamente. Y si empiezo, no sé cómo, a analizarme por dentro, a caracterizarme, probablemente me pierda aún más. ¿En qué corazón cabe esa miseria extraña? Pues en la mía, ¡qué carajos! Vaya ojazos tienen algunos. Solo me voy recreando en ese vaivén, pero, por favor, ven, y que se acabe ya esa angustia. Es que las sienes me retumban… se encuentran enturbiadas, muy grisáceas. La facilidad con la que se recrea mi alma en ellas es brutal. Necesito sangrar, otra vez más. Me vuelvo a crear y a caer en aquel andén. Sin querer, de golpe y portazo… ¿Lo dejaré atrás? Háblale al milagro, que se haga mago y me hechice esto. Quiero decir, que, quizás, los chispazos de felicidad son solo eso, chispazos, y tan escasos… Ojalá la brevedad sea un poco más eterna, y yo me pueda quedar sin tanta bruma, que abruma y abunda, espesa. Porque duelen, los porrazos. Todo lo demás… ¿Serán los daños colaterales restantes? ¿Ah, que todavía deambulan en mi tristeza? Era una pregunta con intención de que no se respondiese sola, pero la escritora le ha colocado los interrogantes como si nada, y como Sí a todo. ¿Pero el qué? Se pregunta, indirectamente, mi subconsciente, que va alerta constantemente. El mismo que duda de si misma. ¿Qué escribo? Otro texto indiscreto que se encuentra fuera de contexto. Mira cómo mi cerebro, y aquel verbo mal conjugado, son algún sentimiento inédito.

  • Descríbete, y verás

    Descríbete, y verás

    Escribe, escribe… ¿Pero de qué? Estoy cansada de sacar información de mi cabeza como si nada sucediera, cuando todo se acelera, en mitad de la curva de aquella carretera, donde una desconoce completamente cómo decirse Nena, frena. Y yo me cuestiono… ¿Para qué? Si lo que una quiere es matarse en mitad del cuento o del acto o del verbo ya lanzado. Del Te quiero enganchado en un corazón que danza medio moribundo, y bastante asustado y, aún así, el flechazo va tan directo al pecho, que ya está sangrando.

    Estaré, esta vez, ¿personificándome en ella? En la metáfora que todavía danza, y se esconde acojonada. Quería, quería, saciarse y hundirse en el sentimiento… Aunque la subordinada sale escopeteada y, de golpe, se da el portazo a raíz del balazo. Ahora va de cara y resulta que se le han caído todas las comas. Los puntos han decidido colocarse, y colgarse también y, entonces, abundan las yuxtapuestas, que se ponen, pero del revés. A ver si así… un, dos, tres… ¿Y qué?

    ¿Qué tipo de texto es este? Porque está tan out of the context, que ya me da igual, aunque me importa, un poco, la caracterización inexacta del hombre que representa que estaba conociendo. O, mejor escrito, que estoy conociendo en este presente, en este gerundio casi sempiterno. Quizás todo es un desconocimiento interno.

    Sólo quería “bloguear” y, al final, las palabras se han disparado solas, saliendo a escopetazos y a escupitajos desde mi ser interno. Parecía, otra vez, que ya estaba floreciendo. De verdad, y sinceramente, el jardín dio algunos de sus frutos, unos cuantos. Y, como si nada, se me salen las estrellas por las orejas. Deberé encajarlo en otro tema, digo, y luego, pienso.

    ¿De qué servirá tanto esquema? Si al final lo acabo rompiendo tanto que culmina descompuesto, como la dueña de detrás de esta maldita ilusión. Parece que vamos al son de la emoción, pero no, no. ¿Pero quiénes? ¿Tú, yo, nosotros, el reflejo del espejo o la maldita sombra? Será la maldición entera: está marchita, la ensombrecida.

  • Una carta

    Una carta

    ¿A quién? ¿Qué tipo de formato? ¿Y de qué estilo: directo o indirecto? ¿Con sujeto y sin verbo? ¿Le pongo una coma o tres puntos suspensivos? ¿La mayúscula va primero? ¿Cómo denominarlo, el suceso? El hecho es que solo falta quedarse y recrearse, o caerse, otra miserable vez. ¿Te crees que con ir del revés voy a poder? Ni yo lo sé. ¿Pero acaso quiero descifrarlo? Cada vez, quiero decir, con el cambio de estación y con el paso del tiempo, precisamente aquel más inédito, me pierdo y soy incapaz, de verdad lo digo, de sentirme en paz, aunque cuando estoy contigo… otro ángel canta, o sea, tú, porque estás de parte de mis alas que se alzan al vuelo, y todo eso.

    Entonces, parpadea mucho, y mis pestañas ya se han deslizado por un rostro en un pasado muy reciente. Así que, bueno, me plasmo sin querer porque me he plantado aquí, en este quehacer tan divino, tan bonito. Lo que digo es que después de verme, observarme, analizarme varias veces e intentar agradecerme… Aún queda algo. ¿No? Sí, la introspección, un instinto mortal.

    El acto de ir describiéndome es tener un poder muy grande, aquí, en mi pecho ya casi florecido, porque cuando me encuentro en el posteriori…, desconozco cómo empezar, cómo conjugar y colocar las coletillas. Están en el suelo, las colillas ahogadas en aquel adverbio mal combinado. Lo acaecido en este preciso momento es que ya no quiero ni Vodka ni Ron ni Baylis, sino bailarme para desahogarme, para despegar todas mis miserias y, después, descender hacia mis pies (mientras sin querer recuerdo cómo les hiciste cosquillas la última vez), y culminar riéndome por ser tan torpe y estar tan loca y por no tener la herida tan rota.

    Voy tarde a todo siempre, dispara mi subconsciente sin querer. ¿Recuerdas el anochecer de ayer? Necesitaba florecer y por eso mismo se puso a hacer, y en ella, creer. ¿Sabes? El problema es que iba a escribir una carta, pero yo no soy buena en esas cosas, en colocar las palabras exactas, así, una detrás de otra. ¿O era al lado? ¿Quizás de una forma consecutivamente subordinada? ¿Me enciendes? Quiero esta, y la próxima vida. Haz que vibre entera y conviérteme en eterna, porque soy un poco más feliz que hace tres horas atrás. Y si me verás crecer, algún día, probablemente mis ojos brillen solo porque estamos sintiéndonos, ambos, el uno con el otro, siendo un nosotros no muy lejano.

    Si esperabas un texto lleno de sensaciones extrañas, perdóname, pues esta es una carta rara, narrada desde el alma, o algo así. ¿Realmente lo es? Cuánto cuestionamiento interno. ¿Eh? Y qué infierno. Voy a confesar, sí, ahora mismo, en este presente, que mi intención inicial, desde ya hará unos cuantos meses, pasados, quise escribir una carta a mi yo de diecisiete años, pero… ¿Para qué? Acabo de descubrir que no sé encajarme en una breve aunque intensa sentencia. Primero suelto a bocajarro y, luego, ya si puedo, defino en cuatro palabras el texto en sí. Y si sale alguna duda, pues déjala que surja y se vaya o se quede y fluya. Ya encontrará la salida, o no. O quizás se ahoga más en su propia herida.

    Vaya, qué miseria.

  • ¿Soy yo?

    Disimuladamente me acentúo las pestañas o las entrañas. Extraño nuestras miradas, que se crucen en un atardecer impreciso, como si fuese cualquier inciso. El impulso, el vaivén de ir y gritar «¡Ven!» Se marchó cobijándose en otro placer. El del número treinta y tantos, allá van unos cuantos. Me he perdido contando los cuartos. ¿De qué? Ya ni lo quiero saber porque eso significa perder. Tiempo atrás magnifiqué, sí, equivocándome: pinté de colores, y muchísimos sabores (abstractos) la nube que acabó convirtiéndose en un sujeto ennegrecido. Mi reflejo querido. Después, sin querer, atravesé la silueta y culminé reconstruyéndome de una pulmonía que, a posteriori de estallar, ha estrellado. Ahora le han nacido algunas florecillas, nada, cinco margaritas. Resulta que vuelan, y que huelen a algodón, que se componen de picardía sin quitarte la alegría. ¿La viste? Está oliendo a sabiduría, y tanta, que se siente la belleza, y la vejez, interna, no tan hueca ni cabizbaja, de la poesía, pues mi ser externo iba a conjunto con ella. Dejó de de detestarse, de apestarse y separarse. Al fin, decidió unirse. Bueno, luego de desvestirse, o es que, dentro de su simplicidad, repitió tanto el verbo… El sujeto se ha quedado quieto: ha pisado el penúltimo acento. De mientras se saca el sombrero. ¿O a acción significa que se lo quita? Vaya, abundan las analogías con la vida. ¿O eran diferencias? Se me escapan, a escupitajos, las paradojas. Será que han saltado el charco -ensangrentad- del martes pasado. Un cuadro que se dio el lujo de deshacerse a pedazos. ¿Soy yo ese espejismo roto? La costura, se te ha caído.

  • Fatiga mental

    ¿Tú sabes lo que fatiga eso mentalmente?
    Estar encerrada en mi misma, es suficiente.
    -Es suficiente-.