Etiqueta: escritura emocional

  • Estados emocionales

    Estados emocionales

    Los estados emocionales, desde mi perspectiva, y si me permites precisar, y acotar…, son un conjunto de procesos no artificiales, pues van naciendo del corazón. Se caracterizan por la ausencia de la razón y van saliendo escopeteados, a bocajarro: son diversos disparos intensos salidos del ser interno para después plasmarlos en una hoja en blanco. Además, se conjugan con varios impulsos y aquella extraña necesidad de sacar y soltar y arrasar con las palabras. Plantarse delante del ordenador e ir tecleando sin parar. Consiste en reflejarse ante el espejo de uno mismo, porque, al fin y al cabo, los seres humanos somos distintas facetas creativas, es decir, nos construimos y nos formamos por unos cuantos seres, yoes, interiores nuestros, que los mostramos en el exterior, en nuestra cotidianidad, siempre desde una mirada artística.

    ¿Y cómo aplicarlos en nuestro día a día? Pues es tan sencillo como soltar absolutamente todo lo que se nos aparezca en nuestra mente, sin tapujos ni prejuicios. ¿Me sigues? Luego ya le aplicarás la coherencia. Después de pausarte, de detenerte…, quiero decir, cuando hayas terminado, cuando hayas colocado el punto y seguido (porque siempre hay más), entonces es cuando puedes permitirte hundirte en estos matices tan imprecisos, ahuecándote aún más, o pincelándolos. Todo consiste en construir tu cuadro que, sin querer, es tu panorámica existencial. Ese es el trabajo del artista, y si te describo el del escritor, bueno, quizás no acabo nunca, o ya he culminado. Espero que me hayas pillado…

    Dedícate a vivir, y a sentir, que a posteriori ya saldrá tu arte. Podrás crearlo recreándote demasiado o, por el contrario, desde un punto de vista más conciso, así, analítico. Bueno, es que no existe un buen arte ni tampoco el bien o mal escrito. Solo son coletillas que dicen los pacotillas. No te vengas abajo ni tampoco arriba. Aquí el caso consiste en ir siendo uno mismo, en ir transformando esa miseria que tienes enganchada dentro, para formar algo. Quizás se quede un tiempo inédito y, también, bastante, inerte, pero aquí, todos sabemos…, (precisamente los escritores) que es muy necesario mostrarlo al mundo luego.

    El estado emocional no consiste en solo sentir, y ya, sino que primero, uno, llora a lágrima viva y muy seca. Seguidamente, se le remeuve intensamente donde el estómago, ¿O era el corazón? Eso, que hace movimientos raros. A posteriori de remover aún más la mierda, porque este mismo la está plasmando, queda el releerse. Y, sin duda alguna, reescribirse. Unos cuantos tiempos verbales después, ¿Sabes? Y en un quizás que se cae del revés, se revisará aquello descrito. No cabe duda que, el individuo, salido del yo-poético, se hará autocrítica y se dirá que lo que ha sonsacado es un ascazo. Así que lo guardará por si acaso alguien le da un tortazo, raro, y decide publicarlo.

    En definitiva, que el resultado, indiferentemente de si se considera bueno, correcto o adecuado a algún contexto, una vez lo haya colgado, este, o esta, se quedará todavía menos cuerdo o cuerda. Aunque, bueno, el texto ya haya salido de su zona cómoda yendo a otro lugar, el real, porque de eso trata el estado emocional en este transcurso tan vital.

  • El compromiso a sentimiento exacto

    El compromiso a sentimiento exacto

    Estaba leyendo a un blogger, bueno, a un artista, ¿Supongo? El caso es que…, hay que tener fe, sí, no porque se pierda, sino porque siempre está dentro de tu ser. Así que, créeme, la volverás a sacar y a acurrucar y arropar entre tus manos, ahí, justo en tus costillas. Y tu pecho florecerá, solo necesitas creer en ti. No hay más, ni tampoco menos. Sencillamente es así. Porque después de que una se muera varias veces, créeme, ella misma encuentra esa esperanza, porque abunda mucha en su ser. Solo necesitaba creer y crearse y recrearse en esa tan lejana y, a la vez, queridísima, fe.

    Así que, sin querer, pero con ímpetu, me comprometo conmigo. Me elijo, después de apreciarme, y me planto aquí, en ese invierno del dos mil veinticinco, y le digo a mi dedo pequeño, el más cabezón de todos, que sí, que allá voy. De hecho, ya estoy yendo, siempre en gerundio, porque así avanza el tiempo, corriendo, o caminando, pero yendo. ¿Sabes qué te quiero decir?

    Desde el veintitrés de marzo que debía escribir eso, ¿El qué? Pues exactamente no lo sé. Realmente sí: es el texto, que fuera de contexto, parece loco. Lo que tengo a sentimiento exacto es que mi pecho ya está floreciendo, y vaya acto tan hermoso. Ni roto ni doloroso, sino que, lleno, ensanchado, de florecillas. Soy, no ahora, pero sí en este tiempo verbal presente…, soy, soy y soy un jardín que va creciendo el son del viento. Me pertenezco. También me recreo, lo sé.

    Sé que este post es algo extraño, aunque muy directo. Bastante preciso, ¿Quizás? El caso es que estamos a sábado veintisiete, y vaya siete, ¿Eh? Que lo entienda quien quiera, a quien le apetezca. Sé que está cogiendo una forma rara, que me pierdo un poco entre palabra y palabra y me vuelco y, queriendo, regreso al principio.

    ¿Debía describirme? Ya lo hago, ¿No? No es que vaya a comprometerme, así, de cara a un futuro. Es que ya lo he hecho. Me quedo en este florecimiento, que parece efímero, pero, por favor, que sea eterno. Gracias, y adiós.

  • Mi yo-poético

    Mi yo-poético

    Iba, iba a escribir, quizás describirme, el caso es que desistí, o me resistí. Voy deambulando por las paredes de mi corazón. ¿De dónde vendrán las raíces de la razón? Tengo el cerebro como un cajón que no cierra, sí, lleno, a rebosar de tiritas que se despegan, esbozos y muchas teclas descolgadas ya. Y, yo, sigo aquí, sin ser yo o siéndolo demasiado profundamente. Me apetecía, bueno, realmente «necesitaba» llorar. ¿Y por qué pongo comillas? ¿Para qué? Tal vez la finalidad sea que no exista un fin ni tampoco un final. El suceso es que sigo allí, cayéndome muerta, más rota que antes. Estoy tan sola, abunda la aleatoriedad de la soledad. Me repetiré, pero es la verdad…, soy la luna, ennegrecida esta mísera vez, y todas las anteriores. No quiero hablar de las próximas heridas. Me intento camuflar, ocultar, en ese llanto tan inédito, aunque se me ven, sin querer, las pestañas, que se me resbalan con tanta lágrima seca. El asunto es otro, pero yo sigo aquí mientras hay una sequía que salpica a raudales. A bocajarro disparo los milagros enturbiados, que van desencajados porque han perdido el sentido y el ritmo, como yo.

  • La margarita

    La margarita

    Me apetece, ¿Cómo decirlo? Caerme y quedarme para siempre, siendo eterna, en ese hueco mío. Hacerme ovillo, detenerme y no salir jamás. Sí, que la tierra me ahogue en ella para después convertirme en estrella. Jamás regresar a mi antiguo hábitat. Voy, así, tan cansada, con mis ojeras y llena de goteras, que ya dudo de si podré seguir. Tengo la capacidad, que parece inédita, de sangrar y llorar y de sacarme las heridas con no sé qué, que me vayan saliendo más astillas. ¿Tanto se aprecia mi «cansancio emocional»? Quise quedarme, en un pasado raro; mi yo del pasado. Ni poético ni tampoco real, simplemente me fui desdibujando en formato superficial. De golpe y soplido o susurro amargo, me manda la tristeza y se me sueltan, tan secas, unas cuantas lágrimas disecadas. Ahora me aprietan algunas costillas, ¿Serán las espinas? Creí que florecía…, a veces me siento margarita, así, pequeña, desnuda y quieta, que solo se mueve al vaivén del viento. Y vuela y vuela y allá se queda.

  • Mi poemario «¿Te puedo escribir algo?» ahora está GRATIS

    Me apetece compartir algo especial: mi poemario ¿Te puedo escribir algo? está disponible gratuitamente por tiempo limitado.

    Es un universo donde recojo fragmentos, cicatrices y desamores. Si te gusta la prosa poética que suelo publicar por aquí, este libro es un pedacito más de mí.

    Descárgalo gratis aquí

    Si lo lees, me harás completamente feliz. Y si te apetece dejar una valoración, una estrellita o un comentario, estarás apoyando muchísimo mi camino como escritora.

    Gracias por leerme,

    Nos abrazamos, aunque sea desde la distancia.

  • Estamos brillando

    Estamos brillando

    Vaya miércoles tan triste, está decaído, así, descolorido. Aunque sin querer voy y me pinto cuando escucho mediante tu playlist lo mucho que me quisiste y me quieres. ¿Que dices que estás colgando en mis manos? Que te susurro, que soy yo la idiota que se cuelga por y también para ti. Que volarás, cantas. ¿De qué? ¿Cuándo saldremos, ambos, a bailar? Porque si te observo me quiero quedar, ya que tu mirada azucarada, de una mezcla de tonalidades otoñales, me grita felizmente anhelante, que aún me quiere. Y que se quiere estacionar, aquí, a mi lado. Aunque tengo una pequeñísima duda: ¿Cuándo es el «momento adecuado»? Porque yo voy y, si te apetece, me lanzo ya, ¿Sabes? Me uno, me ato a tu andar y, así, caminamos juntos. Incluso arrasamos, porque lo haremos. Ambos lo sabemos, si solo con vernos nos sonreímos contentos. Entre las ambigüedades, las ironías y, sobretodo, las corazonadas, ya nos podemos despedir con calma de este mundo terrenal. Porque nosotros estamos hechos de otro sabor, de un olor espectacular. Lo vamos a lograr, así que… Vayámonos a brillar a otro espacio estelar. Me quiero quedar.

  • ¿Por qué escribo?

    ¿Por qué escribo?

    Me describo por necesidad de sacar lo que llevo dentro -esa miseria negra, oscura, disecada- y, sin querer y, con un gran impulso, me encuentro en otro domingo, que parece no ser el mismo, pero que se va cayendo a pedazos, como las hojas otoñales, que dan señales, aunque no sé muy bien de qué ni para qué. El caso es que se van resquebrajando, crujen, se hunden entre mis raíces y cicatrices, y mis costillas, aún doloridas, intentan salir de sus huecos: se perciben escasas y pequeñísimas florecillas todavía ennegrecidas.

    Si ves, si miras, si observas, a través de mis letras, quizás encuentres, o no, lo que perdí hace tiempo: a mi yo del pasado risueño, perdido y deambulando entre sueños inéditos y nubes de algodón, que me encantaría alcanzarlas y saborearlas. Entonces, queriendo, ahora, porque remonto, salto y (me) recuerdo, allí, en aquella imagen grisácea, muy vívida, y curiosa, donde vuelvo a ser la niña de nueve años. Sin reflejarme ante el espejo, por fin se me remueven un poco las entrañas, porque aparezco: un yo bastante poético.

    Con un documento en blanco, con el cursor botando nervioso en la pantalla y algunas palabras brotando de mi ser interior. De aquella forma, para mí inconsciente, difuminada, se inició mi carrera (de fondo, pero pisando el acelerador cada dos por tres) como escritora, o algo similar.

    Así que sí, comencé a plasmar mis sensaciones por una necesidad de escribirme y, con un cúmulo de emociones indescriptibles, he acabado creando un espacio caótico de sentimientos. Con ya varios diarios personales, muy míos, muy íntimos, que se van acumulando in crescendo, y unas cuantas obras literarias, voy a lágrima muy rota, y transformándome, pasando por distintas metáforas o personificándome en algunas, me percibo tan muerta que culmino en un nuevo inicio: la página en blanco, que es un vicio sin fin, ya que permito vaciarme a bocajarro, siempre, desde una inercia extraña y larga.

    Escribo, pues, para ir desgarrándome en esta existencia vital.

  • Escribir y sentir

    Escribir y sentir

    Escribir, escribir, escribir. Luego, morir. Quiero partir, me apetece ir. ¿A dónde? Ni lo sé, ni jamás, quizás, lo sabré. Ay amor, amor, dolor. ¿De qué sabor te has pintado? ¿Alcanzará el color? Me marchitaré, probablemente vuelva a caer y, a posteriori, a renacer, pero me marcharé, sí, a otro tipo de sobrevivir. Ese, ¿Será más ameno? O ajeno…, a ti. Porque, nena, de mí para ti, déjate fluir, aplícate un poco de raciocinio y vuela sola como una paloma, como una blanca paloma. Y sentir, y sentir, y sentir y creer vivir, y alcanzar el duelo, para llegar al precipicio, el inicio, y precipitarse. Culminar en el «summum», en el colmo. ¿Cuál era la locura? ¿Y la cordura? Sencillamente…, quiero sonreír, endulzarme a unas cuantas, muchísimas palpitaciones; emociones bonitas. Aunque hay veces que me pica la melancolía.

  • Borrón, sin cuenta nueva

    Borrón, sin cuenta nueva

    Me siento triste, poco esperanzada, deshinchada, pero con muchas ganas de que me encuentre el amor. Vaya por Dios, siempre me topo con el dolor. Ya encajonada en el mal sabor, me lo trago con un poco de licor. Entra amargo, un toque agridulzón, así, un toque tontorrón. Al menos estoy. ¿O ya no? A veces me vuelvo cuerda, otras la misma cuerda me ahorca. Otras simplemente se afloja hasta que se tensa y culmina en el «summum». ¿Quiero aún? ¿Me apetece seguir? Quizás acabe en este sufrir, en ese latir. Aunque mi vaivén se fue, regresó, se ahogó y se plantó. Quiso, quiso, quiso. No pudo, se marchó. Ahora late del revés si es aquello que crees. Todos aparentan llevar vidas milagrosas. Algunos pocos lo van gestionando de realidad, de algo de verdad. Yo, yo, yo te veo allí volando como un colibrí. Fin, porque otro principio amanece. Parece que me observo desde dentro. Eh, que continúo siendo experta en retratarme, en ir tarde a absolutamente todo. De mis raíces. ¿Qué nacen? Ni me quedan perdices ni tampoco narices para perderte de vista, para querer zanjar la brujería. Aunque la relojería haya estallado, de donde salió escopeteada creando una magia rara, los tempos se han cancelado solos, congelándose. Al final se agrietaron, pues se saltaron o se soltaron. Y yo quiero que me quieran completa, también eterna, pero cada vez que abro los ojos acabo cerrando mi corazón oscuro. Y vaya pequeña coincidencia: somos dos perros hambrientos. Tú, por querer comerme entera, yo porque me saboreen con dulzura, pasión y un temblor, el del amor. Qué pena que esté muerta, enferma y harapienta. Me duelen los codos de tanto describir quien soy o de qué me gustaría no carecer. Los locos, ¿Existen o se extinguieron? Bueno, ¿Me quieres? Es que me ubico lejos de ti, en otra estación primaveral del año del tuntún, del dos mil veint-«tú», instante preciso y perfecto en que hubiese cortado los hilos que nos unían. Resulta que se han despedazado, sí, van desangrados mientras se desgarran. Luego, un poco de indecisión, de revolcarme en mi propia perdición. Salvar la primera canción que nos ligó, que nos metió en un buen marrón. Borrón, y a seguir con la antigua cuenta, porque eso de colocar el punto… «¿Cuál?» Y saltar al nuevo escalón, al otro escuadrón es un cuento (tontorrón).

  • Encontrando el dolor

    «Todos buscamos amor», suelta mi subconsciente. Mastico las tres absurdas, y malditas, aunque ciertas, palabras. Me gustaría absorberlas para luego escupirlas. ¿O esculpirlas de una pizca de amargura? Anoche me las tragué, acabaron engulléndome, que al soltarlas esta magnífica tarde han salido contaminadas. Les soplé algunas margaritas y, en vez de florecer, culminaron enturbiadas hasta el amanecer. Observé el aire que se ensombreció, se llenó de chispas de dolor. La melancolía va danzando al son de la alegría que se quiere muy viva, pero que termina desubicándose en la cara de la hipocresía. «Y yo qué sabré», explotará el reflejo ensombrecido. Se quiso, se quiso. Ahora y aquí, el espejo baila con más de mil pedazos esparcidos por el suelo. Intenta saltarlos; en el corazón se le han clavado. Derramándose está, y va. Pero hoy es jueves, quiero decir, martes, uno cualquiera, y en esta breve tarde, suspicaz, que se cae, sigue mi pedal encallado, estancado. Me quiero enamorar, que sea de verdad, con algo de piedad y mi queridísima alma, que sea arropada y no angustiada ni acojonada ni tampoco se encuentre atrapada entre las varias roturas, imposibles de arreglar, del espejismo roto, incapaz de coserse ya las heridas disecadas.