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  • ¿Qué te dirías si fueras tu mejor amiga?

    ¿Qué te dirías si fueras tu mejor amiga?

    Absolutamente nada, empatizaría. ¿Después? Le regalaría una pizca de sabiduría. Sí, y me acurrucaría a mi lado, me abrazaría tiernamente, después de suspirar algunas veces, me miraría y me sonreiría agradeciendo el simple hecho, el mísero, el único…, por estar existiendo mientras levito en ese infierno. La vida es complicada, ¿Sabes? La muerte es muy sencilla porque una vez pasa, arrasa y ya. ¿Y qué me dices de vivir muerta? De deambular por esos días, pasando por los segundos, que traspasan, se aceleran y te aprietan, ahí, en la garganta. “Aguanta”, grita tu otra mitad, reflejada en el espejo, quien intenta, por unos escasos minutos, sostenerse. Luego se cuestiona por qué hay que ser fuerte, es decir, ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? La sombra, oculta y bien encendida, va detrás de esa queridísima herida, porque, niña, no queda de otra. ¿O sí? No lo sé, el caso es que abunda un poco de fe… en comparación con los daños atrás acaecidos. “Son buenos tiempos, estos”, suelta la muñequita un poco menos dolorida, con chispazos de alegría y alguna esperanza, aunque, de vez en cuando, deshecha.

    Entonces, paso por aquella tienda casi abierta, y me miro en el reflejo del cristal. Y, sin querer, me digo “Eres guapa”, pero ni me asemejo a esa modelo. Y, de repente, escucho a mi mente, bastante demente, por cierto, y se atreve a decirme que si yo fuera mi mejor amiga, es decir, mi propia amiga, debería apreciarme y tratarme un poco bien, ni mucho ni poco, sino adecuadamente. Y empezar a cuidarme, porque, fíjate todo lo que has vivido, por donde pasaste y lo que te acuchilló. Ahora, ahora, aquí sigues: vamos a recordar lo que conseguiste y lo que persigues.

    Cabe destacar que te levantaste, después de varios intentos por querer morirte. ¿No es un logro, ese? La voluntad y, por encima de todo, esa valentía que llevas día a día, ¿No es de admirar? “¡Amiga, mírate!”, grita mi oreja izquierda muy risueña. “¿Que me mire el qué?”, se va preguntando mi lóbulo derecho, intrépido, intentando interpretar. Ahí se queda la duda, levitando en un vaivén irremediable, ¿O sí? No otro suceso, si no hecho, te quiero contar: que ya te estás queriendo en este gerundio, y punto. Además, te has descrito escribiendo la novela. Vaya chillido, sale de tu instinto, el mismo que tiene unas ganas inmensas de arrasar a cámara lenta y disfrutar de esa vitalidad. ¿Te sientes vívida? Deberías, chiquitita.

    Quítate las etiquetas, las bombillas, las flores marchitas y las comillas, quiero decir, o escribir, que te desalojes de ti misma, que te vacíes. Creo que ya lo hiciste… El plumazo que te diste, vaya, fue algo así como un escopetazo, ¿No? Un balazo detrás de otro, para, al fin estallar dentro de tu propia y mísera soledad. “Soy todo lo que he querido ser hasta este preciso instante”, suelta el bombazo. “Pero quiero lograrlo, quiero ser mejor que mi yo de ayer”, va concluyendo mi cerebro ya no tan malherido.

    ¿Sientes que no tienes amigas y que estás sola o cero acompañada? Pues salúdate desde el otro hueco y comienza por mirarte a los ojos. Luego, obsérvate un rato más. Intenta sonreír y, si no, sácate la lengua, seguro que te ríes, feliz, de lo blanda que eres cuando crees que puedes ser de hierro contigo. Créeme, eres fuerte, y también de cristal. Está bien romperse el corazón y que te lo quiebren y querer desterrarse de una misma en varios momentos el mismo día. O caerse por las noches en tu agujero inédito. Al día siguiente, ese sufrir deja de doler. Al día siguiente, o al cabo de unos cuantos años, una brilla. No, no por ponerse purpurina en las pestañas, que sé, soy consciente, que de allí salieron varias lágrimas. Quiero decir, que una se convierte en la mujer que ya se quiere, cuando no quiere y porque sí y sin querer.

    Así que, amiga mía, florece, crece, muere, vuelve a nacer, y quiérete con intención, aunque el pulso se sienta como un impulso fosforescente, se siente.

  • Inerte

    Inerte

    Parece que vaya en blanco, pero mis pensamientos van volando muy alto. Y me gustaría, preferiría ser, quizás, la de la cicatriz y no la de la herida que sangra. Aún tengo varios miedos, creo. Voy, ando, dudando del futuro y posible milagro. Hace dos noches me sentía eterna. Ahora me quedo quieta.

  • Pide el deseo

    Pide el deseo

    Vaya por Dios, me he convertido en la «tabula rasa» que no arrasa, pero tan blanca. Apúrate que se marcha la angustia, bueno, después de tanta metáfora, al final, la verdad mata a conjunto con la pura, y no tan dura, realidad. ¿Petará el bombazo? ¿Se estrellará el balazo? Cuídame, acurrúcame con tu corazón, que el mío pierde de vez en cuando la razón… Si te narro cómo va la esperanza… se ensancha, se ilumina mi mirada y aquella sonrisa anteriormente amarga, se ha adueñado de la alegría, tan coqueta, tan…, mía. Qué pícara, qué pilla. Como le cuela, le pega, esa picardía. Ahora, justo en ese instante, estoy a rebosar de fe, quizás un poco agridulce, pero, nada como observarte y quedarme palpitando en tu mirada que va al son de mis cosquillas. Sí, son las mariposillas nerviosillas llenas de sabidurías. Desconocen el cómo, el trayecto, tan inédito, oculto y, además un poco oscuro, ¿Sabes? Sígueme, que ya me solté el pelo debajo de la lluvia, que lloró todas las penas por mí. He dejado atrás, en aquel pasado, la tristeza. Súbete a ese rizo, que es muy diablillo: ¿Nos vamos a bailar al unísono? Me he cansado de estirar mi corazón. ¿Me explico? Mejor te lo describo, es sencillo, pero espera, deja de parpadear que, esto, lo nuestro, está vivo.

  • El compromiso a sentimiento exacto

    El compromiso a sentimiento exacto

    Estaba leyendo a un blogger, bueno, a un artista, ¿Supongo? El caso es que…, hay que tener fe, sí, no porque se pierda, sino porque siempre está dentro de tu ser. Así que, créeme, la volverás a sacar y a acurrucar y arropar entre tus manos, ahí, justo en tus costillas. Y tu pecho florecerá, solo necesitas creer en ti. No hay más, ni tampoco menos. Sencillamente es así. Porque después de que una se muera varias veces, créeme, ella misma encuentra esa esperanza, porque abunda mucha en su ser. Solo necesitaba creer y crearse y recrearse en esa tan lejana y, a la vez, queridísima, fe.

    Así que, sin querer, pero con ímpetu, me comprometo conmigo. Me elijo, después de apreciarme, y me planto aquí, en ese invierno del dos mil veinticinco, y le digo a mi dedo pequeño, el más cabezón de todos, que sí, que allá voy. De hecho, ya estoy yendo, siempre en gerundio, porque así avanza el tiempo, corriendo, o caminando, pero yendo. ¿Sabes qué te quiero decir?

    Desde el veintitrés de marzo que debía escribir eso, ¿El qué? Pues exactamente no lo sé. Realmente sí: es el texto, que fuera de contexto, parece loco. Lo que tengo a sentimiento exacto es que mi pecho ya está floreciendo, y vaya acto tan hermoso. Ni roto ni doloroso, sino que, lleno, ensanchado, de florecillas. Soy, no ahora, pero sí en este tiempo verbal presente…, soy, soy y soy un jardín que va creciendo el son del viento. Me pertenezco. También me recreo, lo sé.

    Sé que este post es algo extraño, aunque muy directo. Bastante preciso, ¿Quizás? El caso es que estamos a sábado veintisiete, y vaya siete, ¿Eh? Que lo entienda quien quiera, a quien le apetezca. Sé que está cogiendo una forma rara, que me pierdo un poco entre palabra y palabra y me vuelco y, queriendo, regreso al principio.

    ¿Debía describirme? Ya lo hago, ¿No? No es que vaya a comprometerme, así, de cara a un futuro. Es que ya lo he hecho. Me quedo en este florecimiento, que parece efímero, pero, por favor, que sea eterno. Gracias, y adiós.

  • Mi yo-poético

    Mi yo-poético

    Iba, iba a escribir, quizás describirme, el caso es que desistí, o me resistí. Voy deambulando por las paredes de mi corazón. ¿De dónde vendrán las raíces de la razón? Tengo el cerebro como un cajón que no cierra, sí, lleno, a rebosar de tiritas que se despegan, esbozos y muchas teclas descolgadas ya. Y, yo, sigo aquí, sin ser yo o siéndolo demasiado profundamente. Me apetecía, bueno, realmente «necesitaba» llorar. ¿Y por qué pongo comillas? ¿Para qué? Tal vez la finalidad sea que no exista un fin ni tampoco un final. El suceso es que sigo allí, cayéndome muerta, más rota que antes. Estoy tan sola, abunda la aleatoriedad de la soledad. Me repetiré, pero es la verdad…, soy la luna, ennegrecida esta mísera vez, y todas las anteriores. No quiero hablar de las próximas heridas. Me intento camuflar, ocultar, en ese llanto tan inédito, aunque se me ven, sin querer, las pestañas, que se me resbalan con tanta lágrima seca. El asunto es otro, pero yo sigo aquí mientras hay una sequía que salpica a raudales. A bocajarro disparo los milagros enturbiados, que van desencajados porque han perdido el sentido y el ritmo, como yo.

  • Lo que he aprendido sobre mí misma cuando escribí “Burlando el tiempo”

    Lo que he aprendido sobre mí misma cuando escribí “Burlando el tiempo”

    Absolutamente nada. Durante el proceso de escritura creativa, de sacar la miseria y lo que llevo dentro no he aprendido nada. Ha sido después, el posteriori, precisamente los momentos en que, por arte de magia, o de casualidad, he decidido leerme. Cuando una escribe, se está describiendo varias veces y es una inconsciente, pues su mente, demente, y sus emociones, están tan a flor de piel, a rebosar, que van surgiendo a bocajarro o de vez en cuando. Si no me explico, ahora te lo preciso: para poder intentar entenderse a una misma es muy necesario releerse, seguidamente de que el corazón se dedique a bombardear y a ir estallando. La picardía llega más tarde, y el acto de encajar las piezas, de un ser que parecía extraño, del yo-poético, y metafórico, arrasa siempre, al cabo de, aproximadamente, un daño, o varios. Y ese proceso, ese transcurso largo, va acotando, donde las coletillas, y las colillas, quiero decir, las comillas, colisionan entre ellas y deciden, no sé cómo, deslumbrarse, pero hasta cierto punto, pues si estallan demasiado, luego el milagro se distorsiona, de tanta ilusión. Luego es complicado explicarse. Narrarse es otro asunto.

    Cierto, he escrito muchísimas palabras, todas sacadas de mis corazonadas, más o menos, qué más dará. Y a raíz de estas he creado, también eliminado, y he regresado para plasmar. ¿El qué? Te preguntarás, ¿Verdad? Ni yo quiero saberlo. El suceso acaecido por allá en el dos mil veinte, y tantos, porque aunque la cosa llena de letras, ¿qué será exactamente? El tema es ese, justamente, una caja que parecía muy cerrada, imposible de abrirse, pues se fue abriendo, tan temerosa, tan delicadamente rabiosa, que me hundí, que caí, otra vez, en aquel agujero oscuro. Me delató la mirada, la mía. Lo que decía, que nació Burlando el tiempo, y allí, en aquel vaivén, entre las nubes grisáceas y los atardeceres de colores indescriptibles, me quedé.

    Entonces llega el ¿Y luego qué? Que pude descifrar, y definirme. Bueno, considero que no soy solo un yo, sino varios y, que, en esta existencia vital, seré muchos más y he dejado de ser otros. En esta escasa novela puedo concretar dos: el inédito y el editado, el real y el surrealista y, entre todos ellos, cabe destacar el núcleo principal: cómo me derrapa la ilusión, la hermosa metáfora, para luego dejarme la cara y las manos ensangrentadas de purpurina dorada. Por eso es tan deliciosa, por eso es tan querida, por eso viene con las ansias y las malditas ganas de dejarte con más.

    Ahora soy yo, ahora estoy aquí, en una pequeña fotografía, en una instantánea momentánea. Estoy dentro del proceso, ni el del futuro ni tampoco el del recuerdo, sino el mío, el del presente. Y quizás, solo quizás, así defino o dejo de definir Burlando el tiempo. No es que sea complicado, es que, sencillamente, he pasado, me he traspasado (a mí misma) y he arrasado, porque me he convertido y me he transformado después de ir herida, de ser la herida, en la florecida. Gracias, querida, por ser tu misma.

  • En mi propia perspectiva

    En mi propia perspectiva

    La gente se pasea, se recrea. ¿Y las personas dónde están? La humanidad, que apesta, abunda. Sin querer, entre pensamientos vas apareciendo tú. Retumban los tambores, se oyen los petardos al igual que mi corazón, sin razón, bombardeando a todo pulmón, pues va a grito de otro color. Vaya, parece que se marcha el dolor aunque es, sencillamente, Fiesta Mayor. Y, yo, que sigo aquí, siendo la mujer derecha, recta, bueno, después de luchar mediante la fuerza bruta, solo queda permanecer, o morir otra rara vez. Me verás aquí, sin barniz ni pintura, coloreándome la absurda sonrisa cuando estás y te veo y me miras. Me tendrás allá, a escasos pasos de ti. Me acogiste en tu mirada, arropándome entre tus manos que formaron el hogar, uno nuestro, quizás. Entonces, para siempre -el resto de nuestros días- me quedé. Estuve tan rota…, ahora soy más roca y menos niña, probablemente más querida por mí misma…, pero si observas, me electrocuto por dentro: soy los mil cables enredados entre ellos. ¿Consistirá en cortarlos todos y dejar solo uno al libre albedrío? Este último, precisamente, es el más injusto, alocado y enturbiado, porque es el que me falta o sobra dependiendo de la ideología, y la perspectiva. Aunque, si pudiese, me colgaría con la mía y allí me estacionaría.

  • ¿Para cuándo el final?

    ¿Para cuándo el final?

    ¿Qué sucede? Que la vida pasa, no perdona y arrasa, aunque una no quiera ni tampoco le pertenezca esa guerra. La que me gustaría perder, sí, zanjar la batalla, soltar la armadura, instaurar el cartel de paz para, por fin, bailar en una solitaria libertad, pero abriendo las alas, empezando a volar. Me apetecía saltar, apostar por ese precipicio. Resulta que está maldito. ¿Ya viste mis ojeras? Están feas. Y, yo, que me voy con la mirada nublada y el alma enturbiada. Mis pestañas se caen como todos mis deseos. Tampoco te hablaré de anhelos…, es que se van, dejándome cada vez más alocada. Pero, yo, en ese vaivén… ya ni sé ni tampoco puedo, ¿O sí? El caso es que me quedo. Vaya, que si me quiero. Aunque ojalá todo brillase de otro tipo de color. Dicen, dicen, que siempre acaba saliendo el sol…, ¿Pero y si soy la luna? ¿Seré, quizás, la lunática? O la desconocida y, a la vez, la fanática. ¿Algún día dejaré atrás las metáforas? Amanecen las lágrimas, se van saliendo entre realidad y verdad. Será que voy jugando a evitarlas, quizás consiste en olvidarlas. ¿Cómo se arranca una misma la coraza? Está ya tan machacada. Quisiera, si fuera posible, ensancharme la esperanza, abrazarme a la fe. ¿Pero cuál? ¿Con qué final? Ahora, escribiendo con conocimiento de causa, quiero una casa, sentirme amada, ilusionada, enamorada, pero solo veo grises y nubes polvorientas y peldaños rotos y papeles arrugados, y a mí cayéndose por aquel ventanal tan descomunal que me grita a susurros que me tire, que así me ubicaré en otro espacio estelar menos mortal.

  • La margarita

    La margarita

    Me apetece, ¿Cómo decirlo? Caerme y quedarme para siempre, siendo eterna, en ese hueco mío. Hacerme ovillo, detenerme y no salir jamás. Sí, que la tierra me ahogue en ella para después convertirme en estrella. Jamás regresar a mi antiguo hábitat. Voy, así, tan cansada, con mis ojeras y llena de goteras, que ya dudo de si podré seguir. Tengo la capacidad, que parece inédita, de sangrar y llorar y de sacarme las heridas con no sé qué, que me vayan saliendo más astillas. ¿Tanto se aprecia mi «cansancio emocional»? Quise quedarme, en un pasado raro; mi yo del pasado. Ni poético ni tampoco real, simplemente me fui desdibujando en formato superficial. De golpe y soplido o susurro amargo, me manda la tristeza y se me sueltan, tan secas, unas cuantas lágrimas disecadas. Ahora me aprietan algunas costillas, ¿Serán las espinas? Creí que florecía…, a veces me siento margarita, así, pequeña, desnuda y quieta, que solo se mueve al vaivén del viento. Y vuela y vuela y allá se queda.