¿Qué decirte? Lo hemos dejado todo a medias,
mis bragas al suelo,
la poesía por el cielo
y un cubo de hielo lleno de fuego.
Yo solo quise hacer cosas,
deshacerme de las rosas
-marchitas-
y volverme para mirarte,
otra vez.
Pero todo fue del revés,
desde el amor hasta el dolor
hay una corazonada
y tres intentos.
Porque, como dicen,
a la cuarta vencemos,
a la quinta nos alejamos
y a la sexta vamos perdidos.
Aquello de contar los días que quedan
ya no es lo mío.
Voy del vuelo al suelo y,
después,
arraso el universo.
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Deshaciéndome
Domingo de verano
Hoy ha sido un día cansado. El calor y el viento espeso me cansan. Pensar, sentir y vivir me agota, y más en verano.
Anoche reflexioné sobre algo que ahora mismo desconozco porque salió de mi mente. Estoy contenta y nerviosa al mismo tiempo.
Esta semana terminó una etapa, empieza un domingo de verano que se va cuesta arriba porque, ¿Quién lo domina? Yo ya no puedo más, me cuesta seguir y tirar hacia delante. Quería hacer tantas cosas hoy…
A pesar de todo, hice dos agujeros en la pared, colgué un panel perforado para organizar todas las cosas que tenía en mi escritorio. Estuve gran parte de la mañana. Después, cociné. Sí, patatas fritas con huevo y de aperitivo dos croquetas. He estado comiendo en el balcón al son del aire espeso de la calle. Al terminar, recogí, limpié y volví a distribuir los objetos de mi habitación. Por fin, puedo decir, por fin está terminada.
Y ahora estoy aquí sentada, que me pesa el cuerpo entero.
Un soroll, flors i arrels
Estava a casa estirada al llit i vaig escoltar un soroll que venia del carrer. Com que no volia baixar a veure d’on venia el soroll, vaig treure el cap per la finestra. De sobte em vaig enamorar. Em vaig enamorar de l’aire pur de la primavera, dels núvols juganers que feien formes abstractes, dels arbres i, sense voler, de les meves flors d’on, temps enrere, van anar creixent les arrels del meu ésser.
Caminava i jugava amb el pas del temps. Recordo quan era petita que estava saltant damunt les pedres del riu i, jo, tant innocent i ingènua vaig veure un ocell. No era un ocell qualsevol, era una oreneta blava, molt maca qui em va enviar un missatge a través del seu cant.(Des)amor propio
¿Qué es el amor? Me cuestiono. ¿Y el desamor propio? ¿En qué consiste? Se come a bocanadas de aire, supongo. Tiempo atrás, por no decir años, por no decir desde cuando era pequeña, me quise, pero del revés. De cabeza abajo y arrasando, siempre, el suelo. Derrapando queriendo. ¿Si uno no se quiere es porque uno no quiere quererse? ¿O porque, simplemente, necesita desaprender para florecer? Así, quiero decir, así de rota me sentí desde que era una niña.
Lo siento, me disgusta recrearme en el pasado mientras me relamo las heridas, que van cicatrizando, pero quiero analizarme. Por eso mismo, te voy a narrar mis miserias, todas y cada una de ellas.Fue un cúmulo de sensaciones extrañas que entrelazándolas se pueden denominar como el vacío existencial. Ser la rareza en la infancia, ser una incomprendida durante la adolescencia y estar sola después del primer amor idealizado para, luego, acabar pariendo la semilla. ¿Qué significa? Que he tenido que destruir y destruirme infinitud de veces, que me he muerto, he matado, incluso me he suicidado en vida para darme cuenta de que, bueno, soy el punto exacto donde se mezcla el atardecer con el amanecer. Sí, soy ese arte puro, extraño y hermosamente roto que, a día de hoy, va pintando su propio lienzo, un cuadro donde habita un océano colérico sumergido en tonalidades primaverales. Es el ciclo de las estaciones, dirán. Es el acto de amarme, digo.
Y ahí me quedo, abrazando un amor inmenso aún por descubrir, por tocar, por sentir, eso sí, hacia mi ser interno.
Ahí me quedo, levitando en los recovecos de mi corazón ennegrecido.
Estoy enamorándome, de mí.Hechas de huecos
He tenido una semana cargadita de dolores. Entre el catarro, el oído y la queridísima regla, estoy más tuerta que entera. Aún así, sobrevivo, sobrellevo los días que se me acumulan como las ventanas abiertas, o cerradas. La vida es bonita si la miras desde la otra perspectiva, desde el otro lado de mi misma. Porque hay momentos que dejan de serlo, que se refugian en noches de mucha luna llena. Aquella ausencia me habla, mi propia soledad. Me costó arrancarme las alas y, después de aquella desgracia, al fin volé sin ser pájaro. Ni enjaulado ni libre. Presente. Y sigue y quiere y vive. Y seguí y también quise. Y estoy viviendo, sintiendo las heridas escocer. Hacerse daño entre ellas con tanta soledad, pues, al fin y al cabo, están hechas de vacíos, de huecos. Son recovecos sin salida de emergencia y con escasa paciencia.
¿Cómo estás?
Pues han pasado muchos días y meses, cuyos han sido duros porque los he pasado sufriendo, pero porque yo quise. Elegí hundirme en una tristeza profunda en vez de acariciarla con amor. En vez de cuidarme. Ahora soy una niña feliz, enamorada de mi vida, de mi misma. Quiero decir, estoy sonriéndome. Me observo en el espejo y veo mi reflejo y me mira. ¿Y sabes qué? Me sonríe. Voy caminando con arte. Así soy: un caos artístico. Un cuadro de miradas fugaces llenas de amaneceres.
Ayer, después de charlar, más con la mirada que con la boca, al final me descubrí, o descubrió -él de mí- que estoy en el mundo terrenal. Aquella idealización se ha esfumado. Todas las ilusiones han desaparecido. Estoy viviendo en la realidad. Por fin toco de pies al suelo. Por fin soy. Así. Tal cual. De carne y hueso y sin corazonadas ni instintos ni impulsos incoherentes.
Porque es cierto que los seres humanos deseamos volar más allá de las nubes para sentir que estamos vivos y, al final, acabamos muertos, suicidándonos sin poder parar. Sin poder deternos. Nos agarramos a ella y nos despersonificamos y creamos nuestra propia muerte. Un vacío inerte que está, que es ser. Que se convierte en un hueco y luego otro y otro y, sin querer, somos la soledad.
Todo esto significa que he soltado la bomba que llevaba dentro. Solo queda escribir la miseria pasada para poder analizar, aprender de una misma y crecer.
Hace unas horas atrás puse la semilla. Me queda florecer y siento tan de dentro hacia fuera que sé que en un futuro habitará un jardín en mi interior.
Así que sí, estoy floreciendo.
Desenchufar un cable
Hoy me brotan, de mi corazón, las rosas. Están en la fase del crecimiento. Después de la semilla se pierde la vida, porque mueren. Y yo, aquí, tirándome a la avenida por quinta vez.
Así que sí, me desenchufaría de la tristeza constante que viene para quedarse y ahí levita, estacionándose, aparcando en zona prohibida. Y la herida que sangra, la cicatriz que aviva la llama del dolor, va bailando. Sufrir y morir. Suicidarse. ¿Cuántos golpes más son necesarios?
Florecer porque ya no queda otra, porque sí. Florecer, obligarse a florecer. Arrancarse los pétalos. Sonreír. Ir y venir.
Estoy harta de escribir irracionalmente. Solo quiero decir realidades, no verdades, pero, perdón por la excusa, siempre habitan en mí. Llenas de melancolía, ajetreadas, cansadas, tristes. Necesitan muchas tiritas.
Desenchufarme entera, ese sería un puntazo, o un librazo (perfectamente malo), roto, breve. Porque con un esbozo, tres hojas -sacadas de la primavera que tiempo atrás se instaló en mí- y cuatro pinceladas ya he sacado el cuadro desencajando toda mi vida.
Suerte del café
Suerte del café, me sostengo gracias a él. Al café, digo. Aunque esté frío y amargo soy adicta. Sigo ahí, recreándome en la soledad. Relamiéndome las heridas. Sufriendo porque sí, o porque no. ¿Qué? Deja de mirarme así, porque prefiero que me observes. Que traspases ese cristal tan gélido. Dame amor que ya no puedo más.