Y lo siento, lo siento tanto por absolutamente todo: por ser yo, por no serlo, por enamorarme sin querer y romperte y, al unísono, estrellarnos, de donde las siete puntas raspan hasta escocer(nos) a los dos. He dejado de llorar, ahora solo me van cayendo lágrimas secas, muy internas y espesas, hacia dentro, porque te sigo queriendo y, entonces, me muero, me muero mucho. También he dejado a un lado la acción de ir tirando flechas porque el flechazo acabó directo en tu regazo, me tienes comiendo de tu mano, solo si tú quieres, pero resulta que aún no me quieres. Se ve que me impulsas a morderme las entrañas, a arrancarme las pestañas y a sacarme del fuego, yo sola, las castañas. Estoy así, tan solitaria, y rota… que ni te percatas y si lo hicieses, si me observases entre líneas que, mírate tú, están borrosas y casi borradas, ensangrentadas, quizás me sabrías leer. ¿Acaso soy un libro cerrado? Será que me encierro tanto que soy fácil de describirme. Tal como dijiste: «Soy predecible.» Joder, si lo soy tanto como tú me hiciste saber: ¿Por qué no me arrancas la maldita hoja del desamor, del dolor a conjunto con el amor? ¿Por qué no te acercas, así, sutilmente, y me plantas en mis labios todos tus deseos? Eres un cobarde, y de serlo tanto, te empieza a herir la cicatriz y, con ella, que le sale la rosa medio roja, y corta, nos provocas un sufrir mútuo y absurdo, demasiado. ¿Te dije que me arreglo sola? Pues la acción de ir poniéndome tiritas en el cora‘… bueno, se han caído todas. Ahora me encuentro en una monotonía inédita, y tanto que de mi llaga quiere salir una mariposa hecha y derecha, pero la costilla izquierda está ya quemada, difuminada. Quiero decir, que de donde debería, mi yo-poética florecer, sencillamente es el otro ser: el monstruo. Se cree tanto lo increíble, que la verdad traspasa la realidad, y mata.
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Después de
Después de tanta soledad e ir solitaria, de convertirme a la vez en loba, luna y miseria… después de quererte y estrellarme, que me salgan por las orejas las estrellas, solo queda, habita, entre estos latidos, un tú y un yo sin estar unidos, así, separados, malditos. Porque a posteriori de tantas pausas -del suicidio en vida, del Paréntesis y la metamorfosis del revés- un, dos, tres, ¿Me ves? Chasqueo los dedos o la lengua, o ambas, y sigo aquí quieta. Mi sangre está cada vez más espesa, se estresa, bombardea y continúa inédita. Me gustaría arrancarme la piel del caparazón, pero el corazón ya se encarga solo de ir despedazándose, de enredarse aún más al vaivén de como van cayéndose los hilos descosidos. Y gracias, queridísimo mío, que nunca lo fuiste ni lo serás, ojalá te pierdas y te hundas en ese jamás como yo -años y daños- atrás. Tantos asuntos pendientes, métete en los tuyos. Creí, tan ingenua de mí, que compartiríamos, así, al unísono, el latir genuino de una forma de querernos, la nuestra, ¿Sabes? Y pensé que tenía ovarios, pero se ve que las temáticas en relación con el amor, me acojonan más que el morirse en vida. Aunque resulta que todo, los hilos rojos y enrojecidos, están en el mismo anillo, en la misma punta del cuchillo, de donde luego le resbala la antepenúltima gota ensangrentada. Era que te estabas queriendo en un gerundio muy intenso y en un pasado plusquamperfecto, y vaya si fue imperfecto.
¿Lugar dónde me he sentido querida?
Abundan los lugares donde me he desarmado, momentos en que me he soltado el pelo y sacado la coraza, y todo para nada, justo cuando se me ha roto la esperanza. Mirándome en el espejo, después de enfundarme en aquel vestido de un color morado oscurecido, semejante al amor descosido, y ennegrecido… Descolorada voy, sonrojada vengo. Luego me quedo latiendo solo con mirarte: se me ha estrellado la cotidianidad, y las estrellas que chispean, que chispean, han estallado. Entonces culmino narrándome, describiendo metafóricamente la forma, espesa que pesa, que mis latidos se han convertido en pétalos ya marchitos, muy muertos, derretidos. Mi otra yo, la poeta real, ha decidido colocarse, y descolocándose, los tacones, enchufarse a la música más rompedora y sanadora, y profundizarse, hundiéndose en aquel texto jamás verbalizado, aunque cicatrizado en el pecho izquierdo. Me van doliendo las costillas, pues se repiquetean tanto entre ellas, que no alcanzan a transmitir las mentiras más honestas. Así que, sencillamente cabe destacar que me he sentido menos querida, incluyéndome y, también, excluyéndome con un pesimismo abundante, y redundante. Y, precisamente, Burlando el tiempo, es un sitio donde ya no resido, o quizás aún sigo conviviendo con ese hueco. Bueno, me desvanezco.
Sorda, de corazón
Más rota que coja, voy de cora‘ sorda. Aquel inciso, un pequeñísimo detalle: soy, me acabo de convertir en la muerte personificada. Lo siento, lo voy sintiendo tan adentro. ¿Que sonría? ¿Qué tipo de finalidad hay después de? ¿De qué? De todo el mísero, y maldito, caos. Vaya inmensidad, qué absurdez, y la brutalidad de tu serenidad, e indiferencia. Porque después de tomarme dos cafés, de los días consecutivos que se solapan; me sobran las mentiras, sí, mírame, continúo roja: mi costilla izquierda siente un dolor abstracto, pero muy, muy, muy preciso. Te está queriendo, te estoy queriendo en el jodido infierno sempiterno. ¿Y tanta eternidad para qué? Me sequé, me quedé fuera del latir: te quise y te querré a conjunto con el hueso hueco, que repiquetea entre lágrima y sonrisa amarga. Cómo abunda la soledad…, pues me siento tan solitaria. Gracias amor, por ser el erróneo. Gracias desamor por desatenderme y no corresponderme, por jamás llamarme y enviarme señales fuera de lugar, así, desconectados. Sí, porque llegaron a mí, pero distorsionados. Ya me estoy cosiendo, cogí hoja, hilo y cerebro y me marqué un triple: solté, te borré y te eliminé. Ahora estoy grapando mis dos cables inconexos. Están tan dolorosamente mal atados, los costados. Hablo de los costados… que están mal colocados. Antes se me sonrojaba la costilla derecha porque se había incendiado, estallando. El caso es que continúo rota y coja y colgada, también, de alma (por ti).
Ojalá
Soy aquella, la del corazón sangriento que estalla como un vacío roto, a cámara muy lenta. Con él me pinté los tacones, ahora son de un color espeso, y me los puse y me convertí en un pibón volando hacia Plutón. Milagrosamente, las lágrimas estaban ausentes, aunque muy latentes. Sácate las lentes, vayámonos de forma pausada, precisa y concisa y firme para no caernos desde la repisa de la cornisa. Entonces, de escopetazo a bombazo y luego al estallido solo hay nueve letras y tres pasos, quizás, ya disecados. ¿Qué nos está pasando? ¿Estamos palpitando en otro repiqueteo de pies inéditos? Solo te quiero ver una vez más, solo una más, y que me observes del revés y por detrás y de arriba abajo y te detengas en mis labios para luego besarlos indiscretamente, y despacio para volar en otro espacio. Y con una pizca de pasión, me cuestiono si serás el único que me va leyendo entre mis líneas más inéditas, y escuetas. Estoy enternecida y encendida por cómo me miras. Y ojalá estemos a rebosar de verdades y no de mentiras.
Resuena, mi corazón
Antes de que te vayas, otra vez, y me dejes con la sonrisa herida y entristecida y la tirita enrojecida. Antes de que, bueno, mi cora’ se marchite al son del atardecer, antes de florecer y después de que se vayan cayendo los pétalos, ¿Sabes? Justo ese instante, el preciso vaivén entre el irme o quedarme, entre besarte y deletrearte lo que sale de mi infierno, o ir esperándote. Dejaré todas las ventanas abiertas durante este noviembre hambriento, frío y eterno, para ver si te caes aquí, de pie, o del revés, que más da ya. Si ya está todo dicho y hecho y el invierno se asoma y parece que se marcha. Y la Navidad está a la vuelta de la esquina, solo con girar la página, con una sola lágrimilla resbalando por mi mejilla izquierda, porque el brillibrilli empieza y los villancicos resuenan y las campanas chocan entre ellas, pero, siempre continuará en mi ser esa nostalgia rara porque se acerca, sin querer, la época navideña, la pequeña, la más perra, y hueca, pues sigo aquí. ¿No me ves? Con una soledad entera, y la luna, brilla allá, convirtiéndose en una luz eterna, que ciega tanto que ensombrece. Quítate el sombrero, lo hiciste como un bruto, eso, lo de ir soltando indirectas y lanzando el anzuelo. Déjame decirte que ojalá volásemos yéndonos más allá del altar. Déjame decirte que aún te quiero.
Piénsalo durante dos escasos segundos
En primer lugar, gracias a aquellos que os habéis descargado Burlando el tiempo y también a los que me váis leyendo. Por cierto, estos libros tengo. Y, en segundo lugar, no hay donde hallar o, mejor dicho, ubicar absolutamente nada. ¿Qué pasa…? Más preciso: ¿Qué significa cuando una no tiene cabida? Que se pierde aún más. ¿Me pillas? Pues yo…, yo voy yendo escopeteada y está bien y hay veces que está mal, es correcto equivocarse, desistirse, enterrarse para luego fruncir el ceño y entre pestañas deslumbrar otra escasa vez. He escrito, y sigo, varias pinceladas, así, absractísimas, que provocan el cambio. ¿Sabes? El impulso con un efecto intenso de ir queriéndose. Ese es tu único poder, entre otros. El sentir, sufrir, elegir, aceptar y, luego, dejar ir. Se le llama vivir. Bueno…, sencillamente me paseaba por aquí para agradecer que, oye, es un acto que debería ir haciéndose de forma habitual sin importar las figuras ni las maneras. Supongo que acabo de plasmar una pequeñísima, pero importantísima reflexión. Piénsalo por dos segundos y, al cabo de medio más, haz saber a ti mismo que estás siendo un ser, aunque de carácter humano, eres válido.
Es que te quiero
Lucho por quererme, quererte y querernos, aún así me nace solo ese latir de ir a por ti pues mi corazón danza al son del enamoramiento en un gerundio sempiterno.
«Voy a dejar de quererte»
La única promesa que me hice la rompí.
Spoiler: me enamoras cada vez más, así, in crescendo.
Y me odio por ello y me siento culpable y me duele y me gustaría arrancármelo, que dejase de sangrar, pero es que me miras y se me sonroja hasta la herida, me provocas las cosquillas y mis costillas se van cosiendo, de donde les brotan las alas. Y de cicatriz en cicatriz voy, así, arrasando el infierno, por eso me marcho siempre, por miedo a perderte y va y me pierdo yo más, y va y te quedas atrás. Y justo cuando me giro solo veo a los demás porque tú ya no estás. ¿Alguna vez me quedaré? Es que tengo miedo a la profundidad del mar y al acto de amar y no sé si yo sabré quererte de forma sana, pues si no sé ni quererme. ¿De qué va a servir este lazo tan raro y complicado? ¿Para que el amor se convierta en algo bonito? ¿O ya lo está siendo? Me sale, sin querer, la lágrima y de golpe rima la sensación con esa mariposa nerviosa que está ansiosa, sí, por verte, tenerte, saborearte, sentirte. Culmino inerte, aunque tengo un pupurri de emociones y la más bonita es aquella que no necesita ponerse una tirita porque imagino, soñando fuerte, que cuando me beses floreceré con creces. Lo siento por quererte.