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  • Encontrando el dolor

    «Todos buscamos amor», suelta mi subconsciente. Mastico las tres absurdas, y malditas, aunque ciertas, palabras. Me gustaría absorberlas para luego escupirlas. ¿O esculpirlas de una pizca de amargura? Anoche me las tragué, acabaron engulléndome, que al soltarlas esta magnífica tarde han salido contaminadas. Les soplé algunas margaritas y, en vez de florecer, culminaron enturbiadas hasta el amanecer. Observé el aire que se ensombreció, se llenó de chispas de dolor. La melancolía va danzando al son de la alegría que se quiere muy viva, pero que termina desubicándose en la cara de la hipocresía. «Y yo qué sabré», explotará el reflejo ensombrecido. Se quiso, se quiso. Ahora y aquí, el espejo baila con más de mil pedazos esparcidos por el suelo. Intenta saltarlos; en el corazón se le han clavado. Derramándose está, y va. Pero hoy es jueves, quiero decir, martes, uno cualquiera, y en esta breve tarde, suspicaz, que se cae, sigue mi pedal encallado, estancado. Me quiero enamorar, que sea de verdad, con algo de piedad y mi queridísima alma, que sea arropada y no angustiada ni acojonada ni tampoco se encuentre atrapada entre las varias roturas, imposibles de arreglar, del espejismo roto, incapaz de coserse ya las heridas disecadas.

  • Cómo encontrar inspiración en lo cotidiano: cafeterías, trenes y conversaciones

    Cómo encontrar inspiración en lo cotidiano: cafeterías, trenes y conversaciones

    Hay días en los que abrir el ordenador para escribir se siente como una batalla perdida antes de empezar. La página en blanco me mira como si supiera algo que yo no, y cualquier distracción parece más atractiva que enfrentarnos a ella. A veces la verdadera chispa creativa está justo afuera: en lo cotidiano, lo que damos por hecho.

    Inspiración en cafeterías: personajes, emociones y diálogos reales

    Las cafeterías son una fuente inagotable de escenas e historias internas. Si observas con atención, cada mesa es un pequeño universo, incluso la tuya, o la mía. Parejas que discuten en susurros (entre silencios), estudiantes que se consuelan con croissants, señoras que comparten charlas con amigas de toda la vida.

    Aquí no se trata de espiar, sino de abrir los sentidos, y los sentimientos. Escuchar frases sueltas, imaginar qué hay detrás. A veces solo anoto una palabra, un gesto, una emoción o nada. Otras, una conversación fugaz que se convierte en el punto de partida para una escena o un relato.

    Tip: Lleva siempre una libreta o usa la app de notas del móvil para registrar impresiones rápidas. Lo cotidiano huye rápido si no lo atrapamos al vuelo.

    Encontrar ideas mientras viajas en tren: el arte de observar en movimiento

    Hay algo especial en escribir o pensar mientras vas en tren. Es como si el mundo se deslizara ante ti y, con él, las ideas fluyeran más libres. Quizás es porque estamos en tránsito, y en ese espacio intermedio, los pensamientos se ordenan.

    Los trenes son ideales para imaginar vidas ajenas. ¿Quién es esa persona con una maleta vieja? ¿Por qué alguien se baja con prisa sin despedirse? ¿Qué historia podría empezar justo aquí?

    Además, son perfectos para conectar con una misma. Pensar, sentir y escuchar tus propias preguntas…, eso también es una forma de inspiración.

    Escuchar(te): las conversaciones interiores también cuentan

    No todas las fuentes de inspiración están fuera porque muchas veces lo que más me mueve a escribir nace de una conversación, de una cuestión extraña, conmigo misma. Reflexionar sobre algo que me tocó más de lo que esperaba, entender por qué una escena me dejó huella o preguntarme por qué me cuesta escribir justo esto, es decir, sentirme en un bloqueo y convertirme durante unos escasos segundos en la «tabula rasa».

    Así que escribir es una forma de conocerse y cuanto más conectada estás contigo, más auténtica será tu voz interior.

    Cómo entrenar tu mirada creativa en lo cotidiano

    • Observa sin juzgar, como si fueras directora de cine en busca de escenas.
    • Anota frases sueltas que escuches en la calle y, luego, las desarrollas en tu mente.
    • Mira a tu alrededor con varias preguntas como: «¿Qué historia podría haber aquí?», «¿Qué sentiría yo en ese lugar?»
    • No subestimes lo pequeño porque, a veces, una servilleta escrita o una mirada intensa es suficiente para crear una historia completa.
    • Y, sobre todo, no esperes que la inspiración llegue perfecta, solo siembre, y tu jardín interno ya crecerá.

    Conclusión: la inspiración está más cerca de lo que crees

    No necesitas grandes ni largos viajes ni tampoco musas caóticas. A veces, basta una tarde (o varias) en tu cafetería favorita, un viaje en tren de veinte minutos o una charla silenciosa contigo misma para volver a conectar con tus ganas de escribir. La inspiración ya está aquí, en lo simple, en lo real, en lo que vas viviendo cada día sin darte cuenta.

  • Diamante en bruto

    ¿De qué escribiré? ¿De qué iré escribiendo el día de mañana? ¿De qué forma? ¿Y con qué modales? Aquellos que perdí. ¿Aún los conservo? Abro la galería de donde se van cayendo los cuadros pincelados a palabras. Estoy narrando cómo se deforman los libros y con ellos, a destellos, varios tempos de la literatura, que se deshace a medida. Las frases, ahora hechas, se abren de un sentido gracias a las tonalidades del pasado que fueron grisáceas. Les costó tiempo, les tomaron fotografías, aún con la caligrafía sin mucha tinta, pues se fue arrastrando. ¿Debería decidir? No sé ni escribir. ¿Describirme? Lo único que quiero es bailar, pecar en la pista moviendo las caderas al son de mis ideales que, actualmente son nulos, están desfasados, algunos enturbiados y, los otros, nublados. El caso es que me apetece colocar el punto final, hacer un «borrón y sonrisa nueva». Culminar el penúltimo vaivén ya que el restante es por donde danzaré, así, al son de mi queridísimo corazón. Dame ese colocón, me pertenece. Brillo, estoy burlando la deseada tristeza, echándose a reír. Ahora me levanto, se me rompió la punta del tacón. Después, se partió y entró la dinamita, o esa, yo.

  • El texto en blanco, y la novela

    Voy en blanco, soy la «tabula rasa» que arrasa sin nada. Me compongo diciéndome, cayéndome, y de esos pedazos saco la mierda, la miseria inquieta. Creía, luego sentí y, a posteriori, decidí. Derramé alguna lágrima. También comprendí de dónde vengo, aunque ya no sé mi dirección. Consistía en algo de dos, pero voy algo perdida, poco a poco ahueco el pozo, que paulatinamente se deshaucia solitariamente.

    El caso es que (discúlpame el pretexto) sigo aquí, en este bucle entero, que parece que escribo o que me describo. ¿El hecho? Que voy, que me cuelgo y que me desvivo. ¿Era al revés? Yo ni lo sé ni tampoco lo sabré porque con el quehacer de mi monotonía seca y eterna me quedo quieta.

    Soy la mosca muerta, la luna solitaria, la oscuridad ensombreciéndose. Enciéndeme esta, vida, tal vez sea la vencida o la opción desubicada. Se me cruzan las palabras. Serán las letras, las coletillas y las comillas que se destierran, que se encierran como si fuese todavía más palpable, más posible. Así que el resultado de hoy es este. Sigue leyéndome, quizás crees encontrar, aunque te comparte, en un futuro mi nueva novela, puedes dedicarte a leerme, a indagar, a soñar, a volar o a ninguna de las anteriores.

  • La consciencia inquieta

    Hoy me he levantado con el pie izquierdo sin saber si te quiero. Anoche saboreé una mezcla de sabiduría con algo de fantasía y una pizca de melancolía. Se me caen las preguntas, se van deshaciendo, incluso se deshinchan por culminar allá, al borde de la rotura de la costura, de mi alma descosida, y un poco de herida. Me gustaría ser niña, comerme alguna nube de algodón y quedarme azucarada lo que resta de mi vida, que quizás solo es un día o varios segundos o pellizcos de alegría. La que dejé de cantar tiempo atrás. Por años, daños. Será al revés. Me arrepiento de los varios milagros mal logrados, se quedan tan descolgados, así, ensanchados que, al final, me hacen cosquillas. ¿La absurdiad de este amanecer? Que está convirtiéndose en la superficialidad, ¿O ya lo era? Bueno, danza y también baila. Lo superfluo se arraiga en el vaivén vecino y, así, un «contínum» figurado. Un texto que se aferra al sin sentido entrando al transcurso con orgullo y mucho éxito. «Salí por la puerta trasera. ¿O  era la primera?» La sencillez acelera, yo me ubico muerta, y quieta. ¿Y ahora qué piensa mi consciencia? ¿O que no quiere concluir? Agoté la conjunción «o» del susto, de la agonía, se perdió la alegría maldita. ¿En qué momento decide tomar el vuelo? «¿Me habré vuelto loca?», se cuestiona la otra «o». Y sin percatarse, quizás sí lo sepa ya, cae en su bucle.

  • Mucho albedrío

    Estoy agotada de mente y alma, y llueve, ya ni se incendia la llama. «Quédate», me susurraste allá en aquella hamaca que se balanceaba. Te arrastrabas, yo ya iba desgastada. Te lo repetí varias veces en distintas ocasiones, pero ni me escuchaste. Te seguiste acurrucando, me descolgué: mi corazón danzando en el limbo. La canción resbaló en los tres últimos bailes. Dicen que «a la tercera va la vencida» y, oye, llevo más de una copa y cinco bailes. ¿Echamos un brindis? Ambos, digo, por lo que pudo haber sido y que se quedó en mitad del camino. Bueno, sencillamente consistía en recorrerlo entero para que nuestros labios se conocieran. Es lo que tiene ser escritora, que incluso te describo lo imperceptible -aquel sentimiento con apellidos-, tú. ¿El significado? Que todavía estás inscrito en el primer pedazo que se desgarró al verte por primera vez, porque se colgó, de ti. ¿Ahora? Me he transformado, soy otra. Me he comido la loca, la ola y la rotura al borde de la costura. Sí, he ahogado casi todas las penas y tus pecas, me puse la sabiduría por delante, se me escapa de las manos tu alegría. Después de la pausa y también del paréntesis, aparece la peripecia. Me la bebo entera. Las bocanadas de aire resulta que son pellizcos de realidad. La verdad va saturada, y yo enamorada de mi mirada. Ha florecido la Anna, pues la anterior, no es que se haya caído por el precipicio ni huido… es que se ha enorgullecido, ensanchando el pecho derecho y, con ello, sopla una risa ligera, muy sincera. Me muevo eterna al son de mi queridísimo viento.

  • ¿Aún no me lees?

    Hoy me paseo por aquí porque la noticia es que dos de mis libros están gratuitos actualmente.

    ¡Echa un vistazo en mi perfil de Pinterest!

    Pd. Gracias por leerme, nos leemos.

  • La nota rara

    Ya me caí, creo, desde hace varias heridas. Luego, me las comí. Aunque son las cuatro de la tarde, ya pasadas, y se van las horas, se marchan. Se diagnostican la tristeza, tan arraigada a la cicatriz. Se murió, o se mató (sola) la perdiz después de intentar estar feliz. La venda, y la vena aorta, ahora, resulta que se ahorca. Bueno, tantas mariposas loquillas, al final, la cuenta se desliza, con el café derrumbándose. Sigo aquí, no sé ni qué escribí. Será, como cada madrugada, la descripción de mi alma arrugada. Quise ensancharme la mirada. Tanta observación para nada, o para, absolutamente, todo. ¿Que me quede? Si ya me derretí, pues me fui. Resulta que la vida afloja y, a la vez, aprieta, ahí, en el corazón de donde se va cerrando a cremallera. Aletea, corre, y vuela, que se te pasa el arroz. Acelera en la carretera, gira a la derecha y aprieta (el gatillo). Voy, grito. Me quedo casi ciega, de voz, y medio sorda de sensación, porque, si te hablo de la emoción, se me baja el subidión. Vaya colocón. Descoloréame esta, por favor. Y gracias, ríete de mis desgracias.

  • Me estoy yendo

    Sé hacia donde me dirijo, pero va y sin querer me desperdicio, caigo, no me elijo. Aunque las florecillas vayan ascendiendo en picado, sigo en la buhardilla, ocultándome, y tragando, hacia fuera, la miseria, muy imprecisa e inconexa. Los codos los tengo rasgados. ¿O eran los ojos? Será el cora‘ que va desgastado. ¿Cuándo dejaré de arrastrarme y amargarme? A día de hoy, ya está siendo el ayer, me quedé de piedra, con la cicatriz abierta. Me pica la oreja izquierda, me escuece la coletilla, la última colilla eres tu misma, o el otro reflejo. Déjame decirte: he perdido el espejo. Fugazmente me voy yendo. Creí marchitarme tantas veces que, al final, solo consistió en quemarse la semilla, sí, en carbonizarla para, a posteriori, ejecutar el crímen con la mirada asesina, perdida. Así culminé en el placer número 33. «Me quise quedar. Me iba a quedar, de hecho, ya me había quedado», sopla mi latido enfermizo. La acción más complicada es el hecho de no accionarse, de querer irse y no poder porque aún, una, sigue en el vaivén del gerundio. ¿En qué momento le cortaré las alas o la lenguaa? ¿Cómo puedo dividir a cuchilladas sus letras? Porque ese presente intermitente parece imposible de detenerle. Supongo que comiéndome la realidad. ¿No se transformará en muchas verdades? Supongo que juntas la forman, la crean, lo son. ¿El qué? Me derretí por quinta vez. El inconveniente recae en que no me conviene y me pertoca quererme más, y mejor, a mí, a mi niña interior. Se me rompió el color. ¿O es que dejé caer el dolor y ahora me ha absorbido por contactar con él desde mis insignificantes pies?