Categoría: Escritos

  • Punto, ¿y seguido?

    Es hora de colocar el punto y seguido, seguro que es más sencillo, o no. Con los intentos fallidos de dejar de quererte, cada vez me desvanezco más. Ahora suena una de las muchas canciones que hiciste sonar en tu coche. Sí, eres un todoterreno, pero te quiero lejos porque me dueles, me dueles y, entonces, concluyo, que eso no es amor sino otro tipo de color: el dolor, pero aquí zanjo la cicatriz. Ayer, cómo me mirabas, maldita sea tu mirada, que me corta la vena aorta, que me hiela la sangre entera. Creía ser eterna: soy más efímera que mi propia miseria. Así que si me permites, me elijo de entre todas mis raíces y me planto aquí, no sin antes desvivir mi proceso, mi duelo, mi sufrimiento. ¿Que te quiero? Demasiado, pero, despreocúpate, porque con ese «yo me arreglo», aún sin tener un tipo de celo ni pegamento ni tampoco una pizca de vitalidad, pues me construyo. Del desamor nacerá la rosa, dicen, ¿No? Pues yo narro plantando mi título marchito que soy yo, que siempre lo he sido. Permíteme dar el paso, que ya estoy arrancando del suelo los pétalos muertos. Crujen, crujían y crurjieron. Quizás se cruzan o se mezclen entre la hierba mala, y tanto que nos la acabamos tomando y terminamos, así, descosidos. O torcidos o agarrados de las manos, pero muy separados. Y el texto, es uno de carácter personal, uno de los que he escrito. A leguas se ve tu pescuezo y me quedo sencillamente con mis quehaceres, con los placeres de esa monotonía sempiterna, lo único que queda será esa pequiñísima semillita ya florecida, porque de la flor herida siempre vuelve a nacer, a crecer una más bonita.

  • La fe inédita

    No sé qué me está pasando, me voy atrasando y atragantando, y voy partida de pies a cabeza. Me duele la costilla de una forma tan intensa que se expande inmensamente. Te quise y, por mi mala suerte y con mi maldita fe, te sigo queriendo en el otro gerundio sempiterno, el sitio donde ambos -reflejo y espejo- parece que se van uniendo, y se entrelazan y, tanto, que matan, sí, las corazonadas, ya desfasadas, amargan. A posteriori, estoy aquí, sangrándome como quien se desentiende del dolor, pero desgarra, desgarra… Sácame las garras, muérdeme las pestañas, deletréame que también te entristece mi tristeza y plántame en una realidad paralela, así, besándome muy despacio. Tal vez paulatinamente volemos en el espacio estelar, el nuestro, o el mío. El que me estoy construyendo, aferrándome a algo que yo que sé qué, cuándo ni cómo. Al final, acabo ahogada en este vaivén lleno de sombras, sin alas y muchísimas colillas colocadas de forma torcida. Se me pasea la vida enfrente de mi cara. Desconozco la fecha exacta en qué se plantaron mis raíces, justo anoche se rieron delante de mis narices. De las perdices, supuestamente felices, ni me hables. Creí verme viva, aunque voy un poco lúcida, en esta muerte efímera. El caso es que todos los casos ya se han perdido, podrido, hundiéndose en unos cuantos mares de lágrimas. Estaré bien, en algún minuto donde la felicidad sea inédita y, sin poder palparla, quizás creer sentirla.

  • Estrellada

    La tirita está, bueno, va enrojecida, como la costilla izquierda. Siempre hablo, escribo, sobre ella. Y la florecilla normalmente está pilla, porque es muy pícara, sí, la sonrisita que me nace solo con verte. Lo de observarte ya es otro placer. Encajada en otro lugar -espacio estelar-, que brilla, que brilla. Luego cierro ventanas, unas cuantas, vaciándome, pero se me abren los cajones de donde salen unos pocos ratones. Me quiero, me quiero…, quería quedarme pero la mejilla quebró la burbujilla. Ahora soy una simple brujilla. La luna, y viceversa y a la reversa. Me disfruté, también me ofusqué, y acabé distrayéndome, mientras miraba al caballero de la otra esquina. Delante de mis narices se encontraba, me sonaba y, con tanta intensidad, que estallaron todas las perdices, de rabia, a conjunto y al son de las cicatrices. Sangraron y sangraban y se ahogaban y chocaban, pero jamás hablaban. Sencillamente repiqueteaban contando algo a cámara muy lenta. Y, oye, el vals, ni tan amargo. Escuché el dolor, iba arrasando: se convirtió en otro color que, ahora mismo, no sabría describirlo, aunque, bueno, entre metáfora y herida hambrienta, provócame, aquí, cerquita de mis labios, el estallido. Así nos estrellamos.

  • Arráncame la hoja

    Y lo siento, lo siento tanto por absolutamente todo: por ser yo, por no serlo, por enamorarme sin querer y romperte y, al unísono, estrellarnos, de donde las siete puntas raspan hasta escocer(nos) a los dos. He dejado de llorar, ahora solo me van cayendo lágrimas secas, muy internas y espesas, hacia dentro, porque te sigo queriendo y, entonces, me muero, me muero mucho. También he dejado a un lado la acción de ir tirando flechas porque el flechazo acabó directo en tu regazo, me tienes comiendo de tu mano, solo si tú quieres, pero resulta que aún no me quieres. Se ve que me impulsas a morderme las entrañas, a arrancarme las pestañas y a sacarme del fuego, yo sola, las castañas. Estoy así, tan solitaria, y rota… que ni te percatas y si lo hicieses, si me observases entre líneas que, mírate tú, están borrosas y casi borradas, ensangrentadas, quizás me sabrías leer. ¿Acaso soy un libro cerrado? Será que me encierro tanto que soy fácil de describirme. Tal como dijiste: «Soy predecible.» Joder, si lo soy tanto como tú me hiciste saber: ¿Por qué no me arrancas la maldita hoja del desamor, del dolor a conjunto con el amor? ¿Por qué no te acercas, así, sutilmente, y me plantas en mis labios todos tus deseos? Eres un cobarde, y de serlo tanto, te empieza a herir la cicatriz y, con ella, que le sale la rosa medio roja, y corta, nos provocas un sufrir mútuo y absurdo, demasiado. ¿Te dije que me arreglo sola? Pues la acción de ir poniéndome tiritas en el cora‘… bueno, se han caído todas. Ahora me encuentro en una monotonía inédita, y tanto que de mi llaga quiere salir una mariposa hecha y derecha, pero la costilla izquierda está ya quemada, difuminada. Quiero decir, que de donde debería, mi yo-poética florecer, sencillamente es el otro ser: el monstruo. Se cree tanto lo increíble, que la verdad traspasa la realidad, y mata.

  • Después de

    Después de tanta soledad e ir solitaria, de convertirme a la vez en loba, luna y miseria… después de quererte y estrellarme, que me salgan por las orejas las estrellas, solo queda, habita, entre estos latidos, un tú y un yo sin estar unidos, así, separados, malditos. Porque a posteriori de tantas pausas -del suicidio en vida, del Paréntesis y la metamorfosis del revés- un, dos, tres, ¿Me ves? Chasqueo los dedos o la lengua, o ambas, y sigo aquí quieta. Mi sangre está cada vez más espesa, se estresa, bombardea y continúa inédita. Me gustaría arrancarme la piel del caparazón, pero el corazón ya se encarga solo de ir despedazándose, de enredarse aún más al vaivén de como van cayéndose los hilos descosidos. Y gracias, queridísimo mío, que nunca lo fuiste ni lo serás, ojalá te pierdas y te hundas en ese jamás como yo -años y daños- atrás. Tantos asuntos pendientes, métete en los tuyos. Creí, tan ingenua de mí, que compartiríamos, así, al unísono, el latir genuino de una forma de querernos, la nuestra, ¿Sabes? Y pensé que tenía ovarios, pero se ve que las temáticas en relación con el amor, me acojonan más que el morirse en vida. Aunque resulta que todo, los hilos rojos y enrojecidos, están en el mismo anillo, en la misma punta del cuchillo, de donde luego le resbala la antepenúltima gota ensangrentada. Era que te estabas queriendo en un gerundio muy intenso y en un pasado plusquamperfecto, y vaya si fue imperfecto.

  • Sorda, de corazón

    Más rota que coja, voy de cora‘ sorda. Aquel inciso, un pequeñísimo detalle: soy, me acabo de convertir en la muerte personificada. Lo siento, lo voy sintiendo tan adentro. ¿Que sonría? ¿Qué tipo de finalidad hay después de? ¿De qué? De todo el mísero, y maldito, caos. Vaya inmensidad, qué absurdez, y la brutalidad de tu serenidad, e indiferencia. Porque después de tomarme dos cafés, de los días consecutivos que se solapan; me sobran las mentiras, sí, mírame, continúo roja: mi costilla izquierda siente un dolor abstracto, pero muy, muy, muy preciso. Te está queriendo, te estoy queriendo en el jodido infierno sempiterno. ¿Y tanta eternidad para qué? Me sequé, me quedé fuera del latir: te quise y te querré a conjunto con el hueso hueco, que repiquetea entre lágrima y sonrisa amarga. Cómo abunda la soledad…, pues me siento tan solitaria. Gracias amor, por ser el erróneo. Gracias desamor por desatenderme y no corresponderme, por jamás llamarme y enviarme señales fuera de lugar, así, desconectados. Sí, porque llegaron a mí, pero distorsionados. Ya me estoy cosiendo, cogí hoja, hilo y cerebro y me marqué un triple: solté, te borré y te eliminé. Ahora estoy grapando mis dos cables inconexos. Están tan dolorosamente mal atados, los costados. Hablo de los costados… que están mal colocados. Antes se me sonrojaba la costilla derecha porque se había incendiado, estallando. El caso es que continúo rota y coja y colgada, también, de alma (por ti).

  • Ojalá

    Soy aquella, la del corazón sangriento que estalla como un vacío roto, a cámara muy lenta. Con él me pinté los tacones, ahora son de un color espeso, y me los puse y me convertí en un pibón volando hacia Plutón. Milagrosamente, las lágrimas estaban ausentes, aunque muy latentes. Sácate las lentes, vayámonos de forma pausada, precisa y concisa y firme para no caernos desde la repisa de la cornisa. Entonces, de escopetazo a bombazo y luego al estallido solo hay nueve letras y tres pasos, quizás, ya disecados. ¿Qué nos está pasando? ¿Estamos palpitando en otro repiqueteo de pies inéditos? Solo te quiero ver una vez más, solo una más, y que me observes del revés y por detrás y de arriba abajo y te detengas en mis labios para luego besarlos indiscretamente, y despacio para volar en otro espacio. Y con una pizca de pasión, me cuestiono si serás el único que me va leyendo entre mis líneas más inéditas, y escuetas. Estoy enternecida y encendida por cómo me miras. Y ojalá estemos a rebosar de verdades y no de mentiras.

  • Resuena, mi corazón

    Antes de que te vayas, otra vez, y me dejes con la sonrisa herida y entristecida y la tirita enrojecida. Antes de que, bueno, mi cora’ se marchite al son del atardecer, antes de florecer y después de que se vayan cayendo los pétalos, ¿Sabes? Justo ese instante, el preciso vaivén entre el irme o quedarme, entre besarte y deletrearte lo que sale de mi infierno, o ir esperándote. Dejaré todas las ventanas abiertas durante este noviembre hambriento, frío y eterno, para ver si te caes aquí, de pie, o del revés, que más da ya. Si ya está todo dicho y hecho y el invierno se asoma y parece que se marcha. Y la Navidad está a la vuelta de la esquina, solo con girar la página, con una sola lágrimilla resbalando por mi mejilla izquierda, porque el brillibrilli empieza y los villancicos resuenan y las campanas chocan entre ellas, pero, siempre continuará en mi ser esa nostalgia rara porque se acerca, sin querer, la época navideña, la pequeña, la más perra, y hueca, pues sigo aquí. ¿No me ves? Con una soledad entera, y la luna, brilla allá, convirtiéndose en una luz eterna, que ciega tanto que ensombrece. Quítate el sombrero, lo hiciste como un bruto, eso, lo de ir soltando indirectas y lanzando el anzuelo. Déjame decirte que ojalá volásemos yéndonos más allá del altar. Déjame decirte que aún te quiero.

  • Es que te quiero

    Lucho por quererme, quererte y querernos, aún así me nace solo ese latir de ir a por ti pues mi corazón danza al son del enamoramiento en un gerundio sempiterno.