Querido amor mío,

te escribo esta carta por algunos recuerdos que me vinieron a la mente, justamente de aquellos primeros días donde nos estábamos conociendo.

¿Te acuerdas de aquel día justo cuando la noche empezó a amanecer? Que estábamos en el Parque de pie, tú a punto de irte y yo, con ganas de más. Y te dije, agarrándote delicadamente el brazo: “No, espera.” Justo ahí nació un sentimiento extraño en mi interior y, por eso mismo, mis impulsos salieron a luz mientras que mi mente se quedaba en blanco completamente.

Porque gracias a ti volví a sonreír.

Fue una época dura, comencé una nueva tapa y, con ella, un nuevo mundo. Todo se torció a mediados de Noviembre. Fue aquel momento de duda e incerteza donde todo cambió dando un giro radical.

Aquel chico tan idiotizado desapareció de un segundo para otro y, tú, apareciste, teniéndome presente constantemente, durante aquellas tres semanas.

Llegó el quince de Diciembre y con ello una claridad profunda. La oscuridad desapareció.

Y, yo, acojonada al amor, al sufrimiento y al dolor. Y, tú, creando actos de valentía en mí, reconstruyéndome del poder de morir en un intento suicida de fe. De creer y no ser, y ser.

 

Gracias por ser conmigo,

te quiero para amarte.

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