Sólo tú.

Únicamente lo supiste tú.

Pero, pero ¿de qué vas?

¿Pero quién te crees que soy yo? Que puedo utilizarte hasta despreciarte pero jamás amarte. Me fui a Marte a quererte en la distancia para, después, darme cuenta de que no vales la pena. ¿Y de qué voy? Voy de inmadura, de alocada, de chiflada. Que soy la que te torturará, hasta romperte el alma.

Y, yo. Y mí.

Voy a dejar de escribir sobre ti, porque ya está bien ¿no? Voy a centrarme en mi vida, a conocerme y quererme. Ya está bien eso de ir desperdigando el sentimiento que siento, sentía y, tal vez, sentiré. Ya está, ya pasó. Ya lo superé. Por lo tanto, lo dejo aquí. Voy a centrarme en mí.

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Vivir y soñar

Tienes que ser fuerte, sí. Tienes que intentarlo, no rendirte. Porque la luna esclarece y las flores florecen. Porque el sol deslumbra y la lluvia derrumba. Y es que, tal vez, las montañas asustan y las piedras entorpecen, ahí, metiéndose en las vidas cotidianas. Pero, tienes que saber que todo es ver, que la perspectiva no debería desanimarte, porque tú la miras como quieras. ¿Y qué mejor que verla en sentido figurado y no literal? ¿Qué mejor que vivir soñando antes que vivir muriendo?

Vive, carajos.

Cuando los ojos se nublan para brotar de ellos agua salada, amarga, desendulzada. Te sientes que el mundo se derrumba, pero para volver a empezar. Para levantarte. Para no cuestionarte nada más que el motivo de las cosas, su causa, su grandeza o, sencilleza.

Sientes que reempiezas y, eso, es bueno. Muy bueno. Porque reempezar significan nuevas oportunidades, caminos abiertos, destinos inciertos y, ciertos.

¿Y qué te voy a decir yo a ti? Si ya sabes de qué va todo esto. Si sabes que la vida consiste así, y la gente de igual manera. Que el mundo no gira entorno a ti y que, tú, estás de paso en él. Que la gente es sólo gente y tú, eres humano. Tienes el derecho de vivir.

Vive.