Cuadro invernal

Me sentía nerviosa, demasiado. Mi corazón acelerado y mi cuerpo temblando aunque mi apariencia parecía calmada. Y caminaba con la música agalopando mis oídos. Sentía, y quería dejar de hacerlo pero no podía. Así que seguí mi rumbo. Las palpitaciones aumentaban y mi cerebro se bloqueaba. “Qué miedo, qué miedo” pensaba mientras buscaba el número en la pared. Y al entrar, al subir y al sentarme me entró una serenidad y una paz anormal. Llegó tarde, me sentí mal. Leí unas cuantas páginas para despejarme. Y luego me sentía peor de lo mal que ya estaba. Me rechazó, aquella señora de pelo rubio, asustada e insegura, me sacó de allí con palabras. Que eran balas disparadas a mi interior provocando un colapso a todo color. Me convertí en una mujer en blanco y negro al salir de allá. Y bajando y bajando y, bueno, hundiéndome en la decepción encontrándome con la tristeza, me quedé pasmada. El tiempo, por un instante, se detuvo.
“Ya tengo otra historia que contar”, pienso ahora, después de escribir el texto.
Pero es que la vida me abruma con su frío, con su forma helada de abrazarte y quebrantarte. Y duele, joder si duele.

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